El retrato de Dorian Gray (Oscar Wilde) - pág.39
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Dorian sonrió y negó con la cabeza.
-Me temo que no estoy de acuerdo, lady Wotton. Nunca hablo cuando suena la música; al menos, si se trata de buena música. Si la música es mala, es nuestro deber ahogarla con la conversación.
-¡Ah! Ésa es una de las ideas de Harry, ¿no es así, señor Gray? Siempre oigo las ideas de Harry de labios de sus amigos. Es así como me entero de que existen. Pero no debe usted pensar que no me gusta la buena música. La adoro, pero me da miedo. Me pone demasiado romántica. Sencillamente, venero a los pianistas; dos a la vez, en algunas ocasiones, me dice Harry. No sé qué es lo que tienen. Quizá el ser extranjeros. Todos lo son, ¿no es cierto? Incluso los que han nacido en Inglaterra se convierten en extranjeros con el tiempo, ¿no le parece? ¡Qué habilidad la suya! Y para el arte, ¡qué excelente cumplido! La hace sumamente cosmopolita, ¿verdad? ¿No ha estado usted nunca en alguna de mis fiestas, señor Gray? Tiene que venir. No puedo permitirme orquídeas, pero no reparo en gastos con extranjeros. ¡Hacen que la casa parezca tan pintoresca! ¡Pero aquí está Harry! Harry, vine buscándote para preguntarte algo, no recuerdo qué, y encontré al señor Gray. Hemos tenido una conversación muy agradable sobre música. Tenemos exactamente las mismas ideas. No; creo que nuestras ideas son completamente distintas. Pero ha sido la simpatía personificada. Y me alegro mucho de haberlo conocido.
-Espléndido, amor mío, espléndido -dijo lord Henry, alzando la doble media luna oscura de las cejas y contemplando a ambos con una sonrisa divertida.
-Siento llegar tarde, Dorian. Fui en busca de una pieza de brocado antiguo en Wardour Street, y he tenido que regatear durante horas para conseguirla. En los días que corren la gente sabe el precio de todo y el valor de nada.
-Me temo que he de irme -exclamó lady Wotton, rompiendo un silencio embarazoso con su repentina risa sin sentido-. He prometido salir en coche con la duquesa. Hasta la vista, señor Gray. Hasta luego, Harry. Imagino que cenas fuera. Yo también. Quizá te vea en casa de lady Thornbury.
-Imagino que sí, querida mía -lord Henry cerró la puerta tras ella, cuando, con el aspecto de un ave del paraíso que se hubiera pasado toda la noche bajo la lluvia, salió revoloteando de la habitación, dejando un leve olor a tarta de almendras; luego encendió un cigarrillo y se dejó caer en el sofá.
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