El príncipe feliz (Oscar Wilde) - pág.10
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Y el Alguacil de la ciudad tomó nota de esta iniciativa.
Así fue como bajaron la estatua del Príncipe Feliz. «Ya que habiendo dejado de ser hermoso, ya tampoco era útil»; dijo el Profesor de Arte de la Universidad.
Entonces fundieron la estatua en un gran horno, y el Alcalde convocó a una reunión para decidir lo que debería hacerse con el metal.
-«Tendremos que levantar otra estatua, por supuesto» -y añadió-. «Y, por ejemplo, podría ser una estatua mía.»
-«O la mía» -repitieron cada uno de los regidores.
Y comenzaron a discutir. La última vez que supe algo de ellos, fue que todavía estaban discutiendo.
-«¡Qué cosa más rara!» -dijo el maestro de fundidores-. «Este roto corazón de plomo, no se puede fundir en el horno. Lo tenemos que tirar.»
Y lo tiraron sobre un montón de cenizas donde también se encontraba la golondrina muerta.
-«Tráeme las dos cosas más preciosas de toda la ciudad» -dijo Dios a uno de sus ángeles; y el ángel le trajo el corazón de plomo y el pajarillo muerto.
-«Escogiste bien» -dijo Dios-. «Por que en mi Jardín del Paraíso este pajarillo cantará eternamente, y en mi ciudad de oro, el Príncipe Feliz me alabará.»
FIN DE
«EL PRÍNCIPE FELIZ»
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