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El príncipe feliz (Oscar Wilde) - pág.6

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Tienen ojos como aguamarinas verdes, y su rugido domina al de las cataratas.»
-«Golondrina, golondrina, golondrinita» -dijo el Príncipe-. «Lejos, más allá de la ciudad, veo a un joven en una buhardilla. Está inclinado sobre su mesa llena de papeles, y enfrente tiene un vaso con un ramito de violetas marchitas. Su cabello es castaño y rizado, sus labios rojos como granos de granada; y los ojos son hermosos y soñadores. Está tratando de concluir una obra para el director del teatro; pero tiene un frío tan terrible que ya no puede escribir más. No hay fuego en la habitación, y el hambre ha hecho que se desmaye.»
-«Esperaré una noche más y me quedaré contigo» -contestó la golondrina, que en verdad tenía muy buen corazón-. «¿Le llevaré otro rubí?»
-«¡Ay, ya no tengo rubí!» -dijo el Príncipe-. «Mis ojos son todo lo que me queda. Están hechos con zafiros rarísimos, que fueron traídos de la India, hace mil años. Sácame uno, y llévaselo a él. Lo venderá a un joyero, y comprará leña, y podrá terminar su obra.
-«Querido Príncipe» -replicó la golondrina- «no puedo hacer eso» -y comenzó a llorar.
-«Golondrina, golondrina, golondrinita» -insistió el Príncipe-. «Haz lo que te ordeno».
Así pues, la golondrina le sacó un ojo al Príncipe, y voló llevándolo hasta la buhardilla del estudiante. Fue fácil entrar, pues había un agujero en el techo. Penetró por él como una flecha, a la habitación.
El joven tenía la cabeza hundida entre las manos. No pudo percatarse del aleteo del pájaro, y cuando levantó la cabeza, descubrió el hermoso zafiro descansando sobre las violetas marchitas.
-«Empiezo a ser apreciado» -exclamó-. «Esto debe venir de algún gran admirador. Ahora puedo terminar mi obra»-. Estaba verdaderamente dichoso.
Al día siguiente la golondrina voló hacia el puerto. Se detuvo en el mástil de un gran barco, mirando a los marineros que sacaban grandes cajas de la cala, tirando de gruesas cuerdas.
-«¡Arriba, iza!» -gritaban según salía cada caja.
-«¡Yo voy para Egipto!» -gritó la golondrina; pero nadie le hizo caso; y cuando se levantó la luna, regresó de nuevo al Príncipe Feliz, volando.


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