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El príncipe feliz (Oscar Wilde) - pág.4

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-«Me están esperando en Egipto» -contestó la golondrina-. Mis compañeras ya vuelan de aquí para allá sobre el Nilo, y hablan con los grandes lotos. Pronto se recogerán a dormir en la tumba del Gran Rey. El Rey está allí mismo dentro de su sarcófago pintado. Envuelto en bandas de lino amarillo y embalsamado con especies. Tiene puesto un collar de jades verde pálido, alrededor del cuello, y sus manos son como hojas marchitas.»
-«Golondrina, golondrina, golondrinita» -dijo el príncipe- «¿No podrías quedarte conmigo una noche más, y ser mi mensajera?-¡El niño tiene tanta sed, y su madre está tan triste!»
-«No creo que me gusten los niños» -contestó la golondrina-. «El año pasado cuando estaba en el río, andaban por allí dos muchachos groseros, hijos del molinero, y que siempre me tiraban piedras. Nunca llegaron a alcanzarme, por supuesto; nosotras las golondrinas volamos demasiado bien, y además yo procedo de una familia famosa por su agilidad; pero aun así, eso no dejaba de demostrar una gran falta de respeto».
Pero El Príncipe Feliz se veía tan triste, que la pequeña golondrina se sintió compadecida.
-«Aquí hace mucho frío» -dijo al fin- «pero me quedaré contigo por una noche y seré tu mensajera.»
-«Gracias golondrinita» -contestó el Príncipe.
Entonces la golondrina arrancó el gran rubí del puño de la espada del Príncipe, y llevándolo en el pico, voló sobre los techos de la ciudad.
Pasó sobre la torre de la catedral, donde estaban esculpidos unos ángeles en mármol blanco. Cruzó cerca del palacio y oyó la música del baile. Una preciosa joven se asomó al balcón junto a su novio.
-«¡Qué maravillosas son las estrellas!» -dijo él a la muchacha- ¡y también qué asombroso el poder del amor!»
-«Espero que mi vestido esté terminado a tiempo para el baile oficial» -respondió ella-. «He mandado bordar en él, pasionarias; pero las costureras son tan perezosas...»
La golondrina pasó por encima del río, y vio la luz de los fanales colgados en los mástiles de los barcos. Voló sobre el Ghetto, y vio a los viejos judíos, negociando entre sí, y pesando el dinero en balanzas de cobre.


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