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El fantasma de Canterville (Oscar Wilde) - pág.32

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Eran ambos tan simpáticos y agradables, y además se amaban de tal manera, que no hubo quien no estuviese encantado con aquel matrimonio, menos la anciana marquesa de Dumbleton que había hecho todo lo posible por «pescar» al joven duque casarle con alguna de sus siete hijas. Para conseguirlo no dio menos de tres comidas costosísimas; y, cosa extraña de notarse, míster Otis en cierto modo la había ayudado. Míster Otis sentía una viva sîmpatía personal por el duque, pero teóricamente era enemigo de los títulos nobiliarios y, según sus propias palabras: «era de temer que, entre las influencias enervantes de una aristocracia ávida de placeres, llegase a olvidar su hija los verdaderos principios de la sencillez republicana».
Sus observaciones quedaron olvidadas cuando avanzó por la nave central de la iglesia de San Jorge, en Hanover Square, llevando a su hija, apoyada en su brazo, hacia el altar. No había en esos momentos un padre más orgulloso en todo el territorio de Inglaterra.
El duque y la duquesa, pasada ya la luna de miel, regresaron a Canterville Chase; y al día siguiente de su llegada, por la tarde, fueron a dar una vuelta por el cementerio solitario del atrio de la iglesia próxima al pinar.
Al principio, se había tenido una serie de dificultades acerca de la inscripción que debería figurar en la lápida de sir Simón, pero al fin se decidió grabar sólo las iniciales del nombre de aquel caballero ylos versos que estaban escritos sobre la ventana de la biblioteca. La duquesa trajo consigo un ramo de rosas precioso y lo dejó sobre la tumba; y después de permanecer unos momentos de pie, caminaron dirigiéndose hacia el claustro en ruinas de la vieja abadía; la duquesa se sentó sobre el caído pilar de una columna, mientras que su esposo, descansando a sus pies, fumaba un cigarrillo contemplando a su esposa y mirando sus bellos ojos. De pronto, tiró el cigarro, le tomó la mano y le dijo:
-Virginia, una buena esposa nunca debe tener secretos para su esposo.
-¡Querido Cecil! Yo no tengo secretos para ti.
-Sí que los tienes -contestó él sonriendo-.


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