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El fantasma de Canterville (Oscar Wilde) - pág.14

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La cimitarra centelleante deslizándose de su mano, estaba recostada sobre la pared en una actitud forzada e incómoda.
Simón se precipitó hacia adelante y le cogió en sus brazos; pero cuál no sería su terror viendo desprenderse la cabeza y rodar por el suelo, mientras el cuerpo tomaba la posición supina, y notó que abrazaba una cortina blanca de algodón grueso y que yacían a sus pies una escoba, un machete de cocina y una calabaza vacía. Sin poder comprender aquella curiosa transformación, cogió con mano febril el cartel, leyendo a la claridad grisácea de la mañana estas palabras terribles:

HE AQUÍ EL FANTASMA OTIS

EL ÚNICO ESPÍRITU AUTÉNTICO
Y VERDADERO

¡CUIDADO CON LAS IMITACIONES!

TODOS LOS DEMÁS ESTÁN
FALSIFICADOS

Y la entera verdad se le apareció como un relámpago. ¡Había sido burlado, chasqueado, engañado!
La expresión característica de los Canterville reapareció en sus ojos, apretó las encías desdentadas y, levantando por encima de su cabeza sus manos amarillas, juró, según la fraseología pintoresca de la antigua escuela «que cuando el gallo tocase por dos veces el cuerno de su alegre llamada se perpetrarían crímenes sangrientos y que el asesinato, de callado paso, saldría entonces de su retiro».
No había terminado de formular este juramento terrible criando de una alquería lejana, de tejado de ladrillo rojo, salió el canto de un gallo. Lanzó una larga risotada, lenta y amarga, y esperó. Esperó una hora y después otra; pero por alguna razón misteriosa no volvió a cantar el gallo.
Por fin, a eso de las siete y media, la llegada de las criadas le obligó a abandonar su terrible guardia y regresó a su morada, con altivo paso, pensando en su vana esperanza y proyecto fracasado.
Una vez allí consultó varios libros de caballería, cuya lectura le interesaba extraordinariamente, y pudo comprobar que el gallo cantó siempre dos veces en cuantas ocasiones se tuvo que recurrir a aquel juramento.
-¡Que el diablo se lleve a ese infame volátil! -murmuró-. En otro tiempo hubiese caído sobre él con mi gran lanza, atravesándole el gañote y obligándole a cantar otra vez para .


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