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De Profundis (Oscar Wilde) - pág.15

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Llegaron los habituales telegramas de ruegos y remordimientos: me hice el sordo. Por fin amenazaste con que, a menos que consintiera en recibirte, por nada del mundo accederías a irte a Egipto. Yo mismo, con tu conocimiento y conformidad, le había rogado a tu madre que te enviara a Egipto para alejarte de Inglaterra, porque en Londres estabas echando tu vida a perder. Sabía que si no ibas se llevaría una desilusión terrible, y pensando en ella te recibí, y bajo la influencia de una gran emoción, que ni siquiera a ti se te puede haber olvidado, perdoné el pasado; aunque no dije absolutamente nada del futuro.
A mi vuelta a Londres al día siguiente, recuerdo haber estado sentado en mi habitación, intentando triste y seriamente determinar si de verdad eras o no lo que me.parecías ser, tan lleno de terribles defectos, tan totalmente ruinoso para ti y para los demás, tan fatídico para el que simplemente te conociera o estuviera contigo. Toda una semana estuve pensándolo, y preguntándome si en el fondo no sería que yo era injusto y me equivocaba en mi estimación de ti. Al cabo de la semana me traen una carta de tu madre. Expresaba con puntos y comas las mismas impresiones que yo tenía de ti. En ella hablaba de tu vanidad ciega y exagerada, que te hacía despreciar tu casa y calificar de «filisteo» a tu hermano mayor -candidissima anima-; de tu mal genio, que hacía que le diera miedo hablarte de tu vida, de la vida que ella intuía, sabía, que estabas llevando; de tu conducta en cuestiones de dinero, tan penosa para ella en más de un aspecto; de la degeneración y el cambio que había habido en ti. Tu madre veía, cómo no, que la herencia te había cargado con un legado terrible, y lo reconocía con franqueza, lo reconocía con terror: es «el único de mis hijos que ha heredado el fatal temperamento de los Douglas», decía de ti. Al final afirmaba que se sentía obligada a declarar que tu amistad conmigo, en su opinión, había intensificado de tal modo tu vanidad que ésta había llegado a ser la fuente de todos tus defectos, y me pedía encarecidamente que no te viera en el extranjero.


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