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De Profundis (Oscar Wilde) - pág.9

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Me agotabas. Era el triunfo de la naturaleza pequeña sobre la grande. Era esa tiranía de los débiles sobre los fuertes que en no sé dónde de una de mis obras describo como «la única tiranía que dura».
Y era inevitable. En toda relación de la vida con otros tiene uno que encontrar algún moyen de viere. En tu caso, había que ceder ante ti o dejarte. No cabía otra alternativa. Por cariño hacia ti, profundo aunque equivocado; por una gran compasión de tus defectos de modo de ser y temperamento; por mi proverbial buen carácter y mi pereza celta; por una aversión artística a las escenas groseras y las palabras feas; por esa incapacidad para el rencor de cualquier clase que en aquel tiempo me caracterizaba; por mi negativa a que me amargasen o afeasen la vida lo que para mí, con la vista realmente puesta en otras cosas, eran meras minucias que no valían más de un momento de pensamiento o interés; por esas razones, aunque parezcan tontas, yo cedía siempre. Y el resultado natural era que tus pretensiones, tus ansias de dominio, tus imposiciones fueran cada día más descomedidas. Tu motivo más ruin, tu apetito más bajo, tu pasión más vulgar, eran para ti leyes a las que había que amoldar siempre las vidas de los demás, y a las cuales, llegado el caso, había que sacrificarlas sin escrúpulo. Sabiendo que con una escena podías siempre salirte con la tuya, era lo más natural que recurrieras, no dudo que casi inconscientemente, a todos los excesos de la violencia ruin. Al final no sabías a qué meta corrías, ni con qué propósito. Habiendo entrado a saco en mi genio, mi voluntad y mi fortuna, quisiste, con la ceguera de una codicia sin fondo, mi existencia entera. La tomaste. En el momento supremo y trágicamente decisivo de toda mi vida, el que precedió al lamentable paso de iniciar mi acción absurda, de un lado estaba tu padre atacándome con tarjetas repugnantes dejadas en mi club, de otro lado estabas tú atacándome con cartas no menos detestables. La carta que recibí de ti en la mañana del día en que te dejé llevarme al juzgado de guardia para solicitar la ridícula orden de detención de tu padre fue una de las peores que nunca escribieras, y por la más vergonzosa razón.


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