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Las aventuras de Tom Sawyer (Mark Twain) - pág.26

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Siempre llevaba a su madre a la iglesia, y era el encanto de todas las matronas. Todos los muchachos le aborrecían: a tal punto era bueno; y además, porque a cada uno se lo habían «echado en cara» mil veces. La punta del blanquísimo pañuelo le colgaba del bolsillo como por casualidad. Tom no tenía pañuelo, y consideraba a todos los chicos que lo usaban como unos cursis. Reunidos ya todos los fieles, tocó una vez más la campana para estimular a los rezagados y remolones, y se hizo un solemne silencio en toda la iglesia, sólo interrumpido por las risitas contenidas y los cuchicheos del coro, allá en la galería. El coro siempre se reía y cuchicheaba durante él servicio religioso. Hubo una vez un coro de iglesia que no era mal educado, pero se me ha olvidado en dónde. Ya hace de ello muchísimos años y apenas puedo recordar nada sobre el caso, pero creo que debió de ser en el extranjero.
El pastor indicó el himno que se iba a cantar, y lo leyó deleitándose en ello, en un raro estilo, pero muy admirado en aquella parte del país. La voz comenzaba en un tono medio, y se iba alzando, alzando, hasta llegar a un cierto punto; allí recalcaba con recio énfasis la palabra que quedaba en la cúspide, y se hundía de pronto como desde un trampolín:

¿He de llegar yo a los cielos pisando nardos



y rosas

Mientras otros van luchando entre mares



Borrascosas?


Se le tenía por un pasmoso lector. En las «fiestas de sociedad» que se celebraban en la iglesia, se le pedía siempre que leyese versos; y cuando estaba en la faena, las señoras levantaban las manos y las dejaban caer desmayadamente en la falda, y cerraban los ojos y sacudían las cabezas, como diciendo: «Es indecible; es demasiado hermoso: ¡demasiado hermoso para este mísero mundo!»
Después del himno, el reverendo mister Sprague se trocó a sí mismo en un tablón de anuncios y empezó a leer avisos de mítines y de reuniones y cosas diversas, de tal modo que parecía que la lista iba a estirarse hasta el día del juicio: extraordinaria costumbre que aún se conserva en América, hasta en las mismas ciudades, aun en esta edad de abundantes periódicos. Ocurre a menudo que cuanto menos justificada está una costumbre tradicional, más trabajo cuesta desarraigarla.


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