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Las aventuras de Tom Sawyer (Mark Twain) - pág.13

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Había dedicado meses a su conquista, apenas hacía una semana que ella se había rendido, él había sido durante siete breves días el más feliz y orgulloso de los chicos; y allí en un instante la había despedido de su pecho sin un adiós.
Adoró a esta repentina y seráfica aparición con furtivas miradas hasta que notó que ella le había visto; fingió entonces que no había advertido su presencia, y émpezó «a presumir» haciendo toda suerte de absurdas a infantiles habilidades para ganarse su admiración. Continuó por un rato la grotesca exhibición; pero al poco, y mientras realizaba ciertos ejercicios gimnásticos arriesgadísimos, vio con el rabillo del ojo que la niña se dirigía hacia la casa. Tom se acercó a la valla y se apoyó en ella, afligido, con la esperanza de que aún se detendría un rato. Ella se paró un momento en los escalones y avanzó hacia la puerta. Tom lanzó un hondo suspiro al verla poner el pie en el umbral; pero su faz se iluminó de pronto, pues la niña arrojó un pensamiento por encima de la valla, antes de desaparecer. El rapaz echó a correr y dobló la esquina, deteniéndose a corta distancia de la flor; y entonces se entoldó los ojos con la mano y empezó a mirar calle abajo, como si hubiera descubierto en aquella dirección algo de gran interés. Después cogió una paja del suelo y trató de sostenerla en equilibrio sobre la punta de la nariz, echando hacia atrás la cabeza; y mientras se movía de aquí para allá, para sostener la paja, se fue acercando más y más al pensamiento, y al cabo le puso encima su pie desnudo, lo agarró con prensiles dedos, se fue con él renqueando y desapareció tras de la esquina. Pero nada más que por un instante: el preciso para colocarse la flor en un ojal, por dentro de la chaqueta, próxima al corazón o, probablemente, al estómago, porque no era ducho en anatomía, y en modo alguno supercrítico.
Volvió en seguida y rondó en torno de la valla hasta la noche «presumiendo» como antes; pero la niña no se dejó ver, y Tom se consoló pensando que quizá se habría acercado a alguna ventana y habría visto sus homenajes. Al fin se fue a su casa, de mala gana, con la cabeza llena de ilusiones.
Durante la cena estaba tan inquieto y alborotado, que su tía se preguntaba «qué es lo que le pasaría a ese chico».


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