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Las aventuras de Huckleberry Finn (Mark Twain) - pág.251

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-¡Ay, ha muerto, ha muerto, seguro que ha muerto!
Tom volvió la cabeza un poco y dijo algo que demostraba que no estaba bien de la cabeza, y ella subió las manos al cielo y dijo:
-¡Está vivo, gracias a Dios! ¡Y con eso me basta! Le dio un beso y se fue corriendo a la casa a preparar la cama, dando órdenes a derecha y a izquierda a los negros y a todo el mundo, a toda la velocidad que podía y a cada paso que daba.
Seguí a los hombres para saber lo que iban a hacer con Jim, y el viejo médico y el tío Silas siguieron a Tom a la casa. Los hombres estaban rabiosos y querían ahorcar a Jim para dar un ejemplo a todos los demás negros de los alrededores, para que no trataran de escaparse como había hecho Jim ni organizaran tantos jaleos y tuvieran a toda una familia casi muerta del susto días y noches. Pero los otros dijeron: «No, eso no se puede hacer; ese negro no es nuestro, y seguro que aparece el dueño y nos hace que paguemos por él». Así que se enfriaron un poco, porque la gente que tiene más ganas de ahorcar a un negro que ha hecho algo es siempre la misma que no quiere pagar por él cuando ya les ha servido para lo que querían.
Llamaron de todo a Jim y le dieron de golpes en la cabeza de vez en cuando, pero Jim no decía nada; nunca se le escapó que me conocía. Se lo llevaron a la misma cabaña, le pusieron su propia ropa y lo volvieron a encadenar, pero esta vez no a la pata de un catre, sino a una argolla enorme clavada en el tronco de abajo, y también le encadenaron las manos y las dos piernas y dijeron que no le darían nada de comer más que pan y agua hasta que apareciese su dueño o lo vendieran en una subasta, si es que no llegaba al cabo de un cierto tiempo, y rellenaron el agujero que habíamos hecho y dijeron que todas las noches habría un par de agricultores con escopeta vigilando la cabaña y con un bulldog a la puerta. Para entonces ya habían terminado su trabajo, y estaban a punto de marcharse con una especie de maldición general de despedida cuando apareció el médico viejo, que vio todo aquello y va y dice:


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