Las aventuras de Huckleberry Finn (Mark Twain) - pág.150
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-Un momento -dice el duque-. Podemos poner lo que falta -y empieza a sacar monedas de oro del bolsillo.
-Esa idea es de lo más acertada, duque... Tienes la cabeza muy bien puesta -dice el rey-. Bendito sea el Sin Par que vuelve a ayudarnos -y empieza a sacarse monedas de oro del bolsillo y a amontonarlas.
Casi se quedan sin dinero, pero llegaron a los seis mil dólares exactos.
-Oye -dice el duque-, se me ocurre otra idea. Vamos arriba, contamos el dinero y después se lo damos a las chicas.
-¡Por Dios santo, duque, deja que te dé un abrazo! Es la idea más brillante del mundo. Desde luego, tienes la cabeza pero que muy bien puesta. Ahora que sospechen lo que quieran... Así se convencerán.
Cuando subimos, todo el mundo se reunió en torno a la mesa y el rey lo contó y lo amontonó, a trescientos dólares por montón: veinte montoncitos muy elegantes. Todo el mundo los miró con envidia, relamiéndose los labios. Después volvieron a meterlo todo en la bolsa y vi que el rey empezaba a inflarse para lanzar otro discurso. Va y dice:
-Amigos todos, mi pobre hermano que ahí yace ha sido generoso con los que quedamos detrás en este valle de lágrimas. Ha sido generoso con estas corderitas que ha amado y protegido y que ahora quedan sin padre ni madre. Sí, y los que lo conocíamos sabemos que él habría sido más generoso con ellas de no haber temido herirnos a su querido William y a mí. ¿No es verdad? A mí no me cabe duda. Bueno, entonces, ¿qué clase de hermanos serían los que se opusieran a su voluntad en un momento así? ¿Y qué clase de tíos serían los que robarían, sí, robarían, a unas pobres corderitas como éstas, que él tanto amaba, en un momento así? Si conozco a William, y creo que sí ... él ... bueno, voy a preguntárselo.
Y se da la vuelta y empieza a hacerle un montón de señales al duque con las manos y el duque lo contempla con gesto estúpido e inexpresivo un rato, y luego de repente parece comprender lo que dice y salta encima del rey, diciendo «guu-guuu» de alegría con todas sus fuerzas y le da unos quince abrazos antes de soltarlo. Después, el rey va y dice:
-Ya lo sabía; calculo que esto convencerá a todo el mundo de lo que él piensa.
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