Las aventuras de Huckleberry Finn (Mark Twain) - pág.101
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Se le enrojeció mucho la cara un momento, se le iluminaron los ojos y estaba muy guapa. Yo me quedé muy asombrado, pero cuando recuperé el aliento le pregunté qué decía el papel, y ella me preguntó si lo había leído, y cuando dije que no, me preguntó si sabía leer manuscritos y yo respondí que sólo letra de imprenta, y entonces ella dijo que el papel no era más que para señalar hasta dónde había llegado y que ya podía irme a jugar.
Bajé al río pensando en todo aquello y en seguida me di cuenta de que mi negro me venía siguiendo. Cuando perdimos de vista la casa, miró atrás y todo en derredor un segundo, y después llegó corriendo y me dijo:
-Sito George, si viene usted al pantano le enseño un montón de culebras de agua.
A mí me pareció muy curioso; lo mismo había dicho ayer. Tenía que saber que a uno no le gustan tanto las culebras de agua como para ir a verlas. ¿Qué andaría buscando? Así que le dije:
-Bueno; ve tú por delante.
Lo seguí media milla; después llegó al pantano y lo vadeó con el agua hasta los tobillos otra media milla más. Llegamos a un trozo de tierra llana y seca, llena de árboles, arbustos y hiedras, y me dijo:
-Dé usted unos pasos por ahí dentro, sito George; ahí es donde están. Yo ya las he visto bastante.
Después se alejó y en seguida quedó tapado por los árboles. Anduve buscando por allí hasta llegar a un sitio abierto, del tamaño de un dormitorio, todo rodeado de hiedra, y allí vi a un hombre que estaba dormido; y ¡por todos los diablos, era mi viejo Jim!
Lo desperté y creí que él se iba a sorprender mucho al verme, pero no. Casi lloró de alegría, pero no estaba sorprendido. Dijo que había nadado por detrás de mí aquella noche que había oído todos mis gritos, pero no se había atrevido a responder, porque no quería que nadie lo recogiera y lo devolviese a la esclavitud. Y siguió diciendo:
-Me hice algo de daño y no podía nadar rápido, así que hacia el final ya estaba muy lejos de ti; cuando llegaste a tierra calculé que podía alcanzarte sin tener que gritar, pero cuando vi aquella casa empecé a ir más lento. Estaba demasiado lejos para oír lo que te decían; me daban miedo los perros, pero cuando todo volvió a quedarse tranquilo comprendí que estabas en la casa, así que me fui al bosque a esperar que amaneciese.
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