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Las aventuras de Huckleberry Finn (Mark Twain) - pág.15

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Llegué a casa del juez Thatcher en cuanto pude. Me dijo:
-Pero, chico, estás sin aliento. ¿Has venido a buscar los intereses?
-No, señor -respondí-; ¿me los tiene usted?
-Ah, sí, anoche llegaron los del semestre: más de ciento cincuenta dólares. Para ti, toda una fortuna. Más vale que me dejes invertirlos con tus seis mil, porque si te los doy te los vas a gastar.
-No, señor -dije-. No quiero gastármelos. No los quiero para nada; y tampoco los seis mil. Quiero que se los quede usted; quiero dárselos a usted: los seis mil y todo.
Pareció sorprenderse. Era como si no lo pudiera comprender. Va y dice:
-Pero, ¿qué quieres decir, muchacho?
Y voy y le digo:
-Por favor, no me pregunte nada. Se lo queda usted; ¿verdad?
Y va y dice:
-Bueno, no sé qué hacer. ¿Pasa algo?
-Por favor, quédeselo y no me pregunte nada... así no tendré que contar mentiras.
Se lo pensó un rato y después dijo:
-¡Ah, ah! Creo que ya entiendo. Quieres venderme todos tus bienes; no dármelos. Eso es lo correcto.
Después escribió algo en un papel, que me leyó y que decía:
-Mira; verás que dice «por la suma convenida». Eso significa que te lo he comprado y te lo he pagado. Ten un dólar. Ahora fírmalo.
Así que lo firmé y me fui.
Jim, el negro de la señorita Watson, tenía una bola de pelo del tamaño de un puño que habían sacado del cuarto estómago de un buey, y hacía cosas de magia con ella. Decía que dentro había un espíritu que lo sabía todo. Así que aquella noche fui a verlo yle dije que había vuelto padre, porque había visto sus huellas en la nieve. Lo que quería saber yo era qué iba a hacer y dónde pensaba dormir. Jim sacó su bola de pelo y dijo algo por encima de ella, y después la levantó y la dejó caer al suelo. Cayó de un solo golpe y no rodó más que una pulgada. Jim volvió a probar una vez y otra vez, siempre lo mismo. Se arrodilló y acercó la oreja para escuchar. Pero nada; no quería hablar. Jim dijo que no hablaría si no le dábamos dinero. Le dije que tenía un viejo cuarto de dólar falso y liso que no valía nada porque se le veía un poco el cobre por debajo de la plata y nadie lo aceptaría, aunque no se le viera el cobre, porque estaba tan liso que se resbalaba y todo el mundo lo notaba (pensé no decirle nada del dólar que me había dado el juez).


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