Las aventuras de Huckleberry Finn (Mark Twain) - pág.11
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Me lo pensé todo y calculé que si ella quería, me iría con la de la viuda, aunque tampoco veía qué iba a sacar con tenerme de su lado que no tuviera antes, dado lo ignorante y lo poca cosa y corrientucho que era yo.
A padre hacía más de un año que nadie lo veía, y yo tan contento; no quería volver a verlo. Siempre me atizaba cuando estaba sereno y podía echarme mano, aunque cuando él andaba cerca yo solía largarme al bosque. Bueno, hacia entonces lo encontraron en el río ahogado, unas doce millas arriba del pueblo, decía la gente. Por lo menos, creían que era él; decían que aquel ahogado medía igual que él y estaba vestido de harapos y llevaba el pelo muy largo, todo igual que padre, pero por la cara no sabían nada, porque llevaba tanto tiempo en el agua que ya no parecía en absoluto una cara. Dijeron que flotaba de espaldas en el agua. Lo sacaron y lo enterraron en la ribera. Pero yo no me quedé tranquilo mucho tiempo, porque se me ocurrió una cosa. Sabía muy bien que un ahogado no flota de espaldas, sino de cara. Así que entonces comprendí que no era padre, sino una mujer vestida de hombre. Y volví a ponerme nervioso. Pensé que el viejo aparecería algún día, aunque por mí ojalá que no.
Jugamos a los bandidos durante un mes, de vez en cuando, y después yo me salí. Todos los chicos hicieron lo mismo. No habíamos robado a nadie, no habíamos matado a nadie, no habíamos hecho más que fingir. Salíamos de un salto del bosque y cargábamos contra los porqueros y las mujeres que llevaban las cosas de sus huertos al mercado en carros, pero nunca les hacíamos nada. Tom Sawyer llamaba a los cerdos «lingotes» y a los nabos y eso «joyas», y nos íbamos a la cueva y hablábamos de lo que habíamos hecho y de cuánta gente habíamos matado y marcado con nuestra señal. Pero yo no le veía ninguna ventaja. Una vez Tom mandó a un chico que fuera corriendo por el pueblo con un palo encendido que él decía que era una «consigna» (señal de que la banda tenía que reunirse) y después dijo que sus espías le habían mandado noticias secretas de que al día siguiente un montón de comerciantes españoles y árabes ricos iba a acampar en la Boca de la Cueva con doscientos elefantes y seiscientos camellos y más de mil mulas de carga, todas transportando diamantes, y que sólo llevaban una guardia de cuatrocientos soldados, así que teníamos que ponerles una emboscada y matarlos a todos.
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