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El Príncipe y Medigo (Mark Twain) - pág.38

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Página 38 de 166


.. ¡Sir William! ¿Escuchas? ¡Vaya! He soñado que me convertía en mendigo, y... ¡Hola! ¡Guardias! ¡Sir William! ¡Cómo! ¿No hay aquí ningún ayuda de cámara? ¡Ah!... A fe mía que...
-¿Qué te aqueja? -preguntó un susurro junto á él-. ¿A quién llamas?
-A sir William Herbert. ¿Quién eres tú?
-¿Yo? ¿Quién habría de ser sino tu hermana Nan? ¡Ah, Tom! Se me había olvidado. Estás todavía loco. ¡Podré niño! Estás todavía loco. ¡Que no hubiera despertado de nuevo para verlo! Pero te ruego que controles tu lengua, si no, nos matarán a todos a golpes.
El asustado príncipe se incorporó parcialmente de un salto, pero un filoso recuerdo de sus doloridos miembros lo hizo volver en sí y se hundió de nuevo en la sucia paja con un gemido y la exclamación:
-¡Ay de mí! ¡Entonces no era un sueño!
En un momento toda la grave pena y la miseria que el sueño había desterrado cayeron de nueva sobre él, y comprendió que ya no era un príncipe mimado en un palacio, con los adoradores ojos de una nación en él, sino un mendigo, un paria, vestido de harapos, prisionero en un antro digno solo de animales y viviendo con mendigos y ladrones.
En medio de su dolor cobró conciencia de alegres ruido y voces, en apariencia sólo, a una o dos manzanas de distancia. Al momento se sintieron varios golpes a la puerta; Juan Canty cesó de roncar y dijo:
-¿Quién llama? ¿Qué quieras? Una voz contestó:
-¿Sabes, sobre quién has dejado caer tu garrote?
-No. Ni lo sé ni me importa.
-Puede que pronto cambies de opinión, y si quieres salvar tu cuello, sólo huyendo, puedes salvarte. En este momento el hombre está entregando el espíritu. ¡Es el cura, el padre Andrés!
-¡Dios santo! -exclamó Canty. Despertó a su familia y ordeno ásperamente-: ¡Arriba todos y huyamos, o quedaos aquí a morir!
Apenas cinco minutos más tarde la familia Canty estaba en la calle, y huyendo para salvar la vida. Juan Canty asía al príncipe por la muñeca y lo hacía correr por el oscuro camino haciéndole en voz baja esta advertencia:
-¡Cuidado con tu lengua, loco insensato, y no digas nuestro nombre! Yo tomaré un nombre nuevo, de inmediato, para engañar el olfato de los perros de la ley. ¡Cuidado con tu lengua, te lo ordeno!
Gruñó estas palabras al resto de la familia:
-Si por casualidad nos separamos, que cada cual vaya al Puente de Londres; el que llegue hasta la última tienda de ropa del Puente, que espere allí a los demás, luego todos juntos huiremos a Southwark.


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