El Príncipe y Medigo (Mark Twain) - pág.21
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Esto dice Su Majestad el rey, que: envía sus saludos a Su Alteza Real y ruega que Dios quiera en su misericordia sanar a Vuestra Alteza prontamente y conservarle ahora y siempre en su bendita protección.
Lord St. John hizo una reverencia y se apartó a un lado. Tom replicó con resignación:
-El rey lo ha dicho. Nadie puede desobeder el mandato del rey ni acomodarlo a su gusto, cuando le enoje, con arteras evasivas. El rey será obedecido.
Lord Hertford dijo:
-Tocante a la orden de Su Majestad el rey en lo que concierne a los libros y otras cosas serias, por ventura agradaría a Vuestra Alteza ocupar vuestro tiempo en plácidos entretenimientos, para no llegar fatigado al banquete y resentirse de ello.
La cara de Tom mostró sorpresa inquisitiva, y se sonrojó al ver que los ojos dé lord St. John se clavaban pesarosos en él. Su Señoría dijo:
-Te flaquea aún la memoria y has demostrado sorpresa; pero no te apures, porque esto no persistirá, sino que desaparecerá conforme tu dolencia mejore. Milord de Hertford te habla de la fiesta de la ciudad, a la cual Su Majestad el rey prometió hace unos dos meses que asistiría Tu Alteza. ¿Lo recuerdas ahora?
-Me duele confesar que se me fue de la memoria -contestó Tom con voz vacilante, y sonrojóse de nuevo.
En este punto anunciaron a lady Isabel y a lady Juana Grey. Ambos lores se cruzaron significativas miradas, y Hertford se dirigió velozmente hacia la puerta. Cuando las doncellas pasaron por delante de él dijo en voz baja:
-Os ruego, señoras, que no déis muestras de observar sus rarezas ni mostréis sorpresa cuando le falte la memoria; os dolerá notar cómo se turba con cualquier fruslería.
Entretanto lord St. John estaba diciendo al oído de Tom:
-Suplícote, señor, que conserves constantemente en la memoria el deseo de Su Majestad. Recuerda cuanto puedas y finge recordar todo lo demás. Qué no se percaten de cómo has cambiado tu modo normal anterior, pues sabes cuán tiernamente te tienen en su corazón tus antiguas compañeras de juegos y cuánto pesar habrías de causarles. ¿Quieres, señor, que me quede yo, y tu tío también?
Expresó Tom su asentimiento con un ademán y murmurando una palabra, porque iba aprendiendo ya, y su ingenuo, corazón estaba resuelto a salir lo más airoso que pudiera, conforme al mandato del rey.
A pesar de las muchas precauciones, la conversación entre los jóvenes fue a veces un tanto embarazosa.
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