El Príncipe y Medigo (Mark Twain) - pág.9
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-¿Por qué no? ¿Quién las ayuda a desvestirse por la noche? ¿Quién las viste cuando se levantan?
-Nadie, señor. ¿Querrías que se quitaran su vestido y durmieran sin él, como los animales?
-¿Su vestido? ¿Sólo tienen uno?
-¡Oh!, buen señor, ¿qué harían con más? En verdad no tienen dos cuerpos cada una.
-Esa es una idea curiosa y maravillosa. Perdóname, no he tenido intención de reírme. Pero tus buenas Nan y Bet tendrán sin tardar ropas y sirvientes, y ahora mismo. Mi mayordomo cuidará de ello. No, no me lo agradezcas; no es nada. Hablas bien; con gracia natural. ¿Eres instruido?
-No sé si lo soy o no, señor. El buen sacerdote que se llama padre Andrés, me enseñó, bondadosamente, en sus libros.
-¿Sabes el latín?
-Escasamente, señor.
-Apréndelo, muchacho: sólo es difícil al principio. El griego es más difícil, pero ni éstas ni otras lenguas son difíciles, creo, para lady Isabel y para mi prima. ¡Tendrías que oírlo a estas damiselas! Pero cuéntame de tu Offal Court. ¿Es agradable tu vida allí?
-En verdad, sí, señor, salvo cuando uno tiene hambre. Hay títeres y monos -¡oh, qué criaturas tan travieras y qué gallardas van vestidas!-, y hay comedias en que los comediantes gritan y pelean hasta caer muertos todos; es tan agradable de ver, y cuesta sólo una blanca aunque es muy difícil conseguir la blanca.
-Cuéntame más.
-Nosotros, los muchachos de Offal Court, luchamos unos con otros con un garrote, al modo de aprendices, señor.
Los ojos del príncipe centellearon. Dijo:
-A fe mía, esto no me desagradaría. Cuéntame más.
-Jugamos carreras, señor, para ver quién de nosotros será el más veloz.
-También esto me gustaría. Sigue.
-En verano, señor, vadeamos y nadamos en los canales y en el río, y cada uno chapuza a su vecino, y lo salpica de agua, y se sumerge, y grita, y se revuelca, y...
-Valdría el reino de mi padre disfrutarlo aunque fuera una vez. Te ruego que prosigas.
-Danzamos y cantamos en torno al mayo en Cheapside; jugamos en la arena, cada uno cubriendo a su vecino; a veces hacemos pasteles de barro -ah, el hermoso barro, no tiene par en el mundo para divertirse-; nos revolcamos primorosamente en el señor, con perdón de Vuestra Merced.
-¡Oh!, te ruego que no digas más. ¡Es maravilloso! Si pudiera vestir ropa como la tuya, desnudar mis pies y gozar en el barro una vez tan solo, sin nadie que me censure y me lo prohíba, me parece que renunciaría a la corona.
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