El hombre que corrompió Hadleyburg (Mark Twain) - pág.42
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Era de Burgess.
Usted me salvó en una época difícil. Yo le salvé anoche. Fue a costa de una mentira, pero hice el sacrificio de buena gana y con un corazón agradecido. Nadie sabe, en esta ciudad, cuán valiente, huevo y noble es usted. En el fondo, usted no puede respetarme, sabiendo, como sabe, ese asunto del que se me acusa y por el que la opinión pública me ha condenado, pero le ruego que crea, al menos, que soy un hombre agradecido. Eso me ayudará a sobrellevar mi carga.
[Firmado] BURGESS
-Salvado nuevamente. -¡Y en qué condiciones! Richards tiró la carta al fuego.
-Ojalá me hubiese muerto, Mary. Ojalá no tuviese que ver con todo esto...
-Oh... Estamos viviendo días amargos, Edward. Días muy amargos. -¡Las puñaladas, a causa de su misma generosidad, son tan profundas, y se suceden tan rápidamente!
Tres días antes de las elecciones cada uno de los dos mil electores se encontró repentinamente en posesión de un valioso recuerdo: una de las famosas falsas monedas de oro de veinte dólares. Sobre su anverso, estaban grabadas las palabras:
LA INDICACIÓN QUE HICE AL ATRIBULADO FORASTERO FUE», y en el revés VÁYASE Y REFORMESE. [Firmado] PINKERTON.
Y de esta forma toda la escoria que había quedado de aquella bufa broma cayó sobre una sola cabeza, con y catastróficos efectos. Se renovó la hilaridad general y se concentró en Pinkerton; y la elección de Harkness fue un paseo. En los primeras veinticuatro horas que siguieron a la recepción de los cheques, las conciencias de los Richards se apaciguaron poco a poco, abatidas; la anciana pareja estaba aprendiendo a reconciliarse con el pecado cometido. Pero ahora debía aprender que el pecado, provoca nuevos terrores auténticos, cuando hay una posibilidad de que se descubra. Esto le, da un aspecto nuevo y más concreto e importante. En la iglesia el sermón dominical fue como de costumbre: se trataba de las mismas cosas de siempre dichas m la formo de costumbre y ellos las habían oído mil veces y las encontraban inocuas, casi sin sentido y adecuadas para dormir cuando se decían. Pero ahora aquello parecía distinto: el sermón parecía estar erizado de acusaciones y se hubiera dicho dm apuntan directa y especialmente contra la gente que ocultaba pecados mortales. Al salir de la iglesia, los Richards se alejaron lo más pronto que pudieron de la multitud que les felicitaba y se dieron prisa en volver a casa, helados, no se sabe muy bien por qué, -¡por unos temores vagos, sombríos, indefinidos.
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