El hombre que corrompió Hadleyburg (Mark Twain) - pág.41
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Richards le arrancó los cheques a su esposa y trató de que su presión no se debilitara hasta llegar a la estufa; pero era un ser humano, era cajero, y se detuvo un momento para asegurarse de la firma. Entonces, le faltó poco para desmayarse.
-¡Abanícame, Mary! -¡Abanícame! -¡Estos cheques valen oro!
-¡Oh, qué hermoso, Edward! -¿Por qué?
-La firma es de Harkness. -¿Qué misterio habrá debajo?
-¿Tú crees, Edward ?
-Mira esto... -¡Mira! Mil quinientos... mil quinientos... mil quinientos... y treinta y cuatro mil. -¡Treinta y ocho mil quinientos dólares, Mary. El talego no vale doce dólares y Harkness... aparentemente... ha pagado un precio a la par.. .
-¿Y crees que todo eso va a parar a nuestras manos... en vez de los diez mil dólares?
-Así parece. Y los cheques, además, están extendidos al portador.
-¿Conviene eso, Edward? -¿Para qué sirve?
Es una insinuación para cobrarlos en algún banco lejano, supongo. Quizá Harkness no quiere que se sepa el asunto. -¿Qué es eso? -¿Una carta?
-Sí. Venía con los cheques. La letra era de Stephenson, pero no había firma.
La carta decía: .. Soy un hombre desengañado. Su honradez es más, fuerte que cualquier, tentación. Yo no lo creía así, pero he sido injusto con usted en ese sentido y le ruego que me perdone; le hablo con sinceridad. Siento respeto por usted... y eso es también sincero. Esta ciudad no es digna de atarle las sandalias. Aposté conmigo a que, en su austera ciudad, habría diecinueve hombres que se podían corromper. He perdido. Llévese todo el .fajo; se lo merece.
Richards exhaló un profundo suspiro y dijo:
«-Esto parece escrito con fuego... Quema tanto..., Mary Me siento acongojado de nuevo.
-Yo también. Ah, querido, ojalá...
- Pensar que él cree en mí, Mary.
-Oh, no digas eso, Edward... No puedo soportarlo.
-Si estas hermosas palabras fuesen merecidas, Mary, y Dios sabe que las merecí en otro tiempo, creo que daría los cuarenta mil dólares por ellas. Y guardaría este papel, que para mí representaría más que el oro y las joyas, y lo conservaría eternamente. Pero ahora... No podríamos vivir en la sombra de su acusadora presencia, Mary.
Richards arrojó el papel al fuego. Llegó un mensajero y le entregó un sobre.
Richards sacó una carta y la leyó.
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