El hombre que corrompió Hadleyburg (Mark Twain) - pág.39
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-No
-Digamos treinta
El precio es cuarenta mil dólares, ni un peniqu
menos. De acuerdo. Se los daré. Iré al hotel a las diez de la mañana. No quiero que esto se sepa; lo veré a usted en privado. De acuerdo.
Entonces el forastero se puso de pie y dijo a todos los presentes:
Se me está haciendo tarde. Los discursos de estos caballeros no carecen de mérito, de interés, de gracia; con todo, con vuestro permiso, voy a retirarme. Les agradezco a ustedes el gran favor que me ´jl han dispensado al acceder a mi petición. Le pido ala presidencia que me guarde el talego hasta mañana y que le entregue estos tres billetes de quinientos dólares al señor Richards.
Los billetes fueron entregados a la presidencia después de pasar por varias manos.
-A las nueve vendré en busca del talego y a las once entregaré el resto de los diez mil dólares al señor Richards en persona, en su casa. -¡Buenas noches!
Luego el forastero salió del salón y dejó al público entre un gran alboroto, compuesto por una mezcla de vítores, la canción de Mikado, la desaprobación del perro y el coro: -¡Usted dista de ser un hombreee malooo! ¡A- a- a- amén!
IV
De regreso a su casa, los Richards debieron soportar felicitaciones y cumplidos hasta la medianoche. Luego se quedaron solos. Su aire era algo triste y permanecieron silenciosos y pensativos. Finalmente Mary suspiró y dijo:
-¿Crees que somos culpables, Edward? -¿Muy culpables? Y sus ojos se posaron sobre el acusador terceto de graneles billetes de banco que estaba sobre la mesa, donde los visitantes que los felicitaron los habían contemplado con deleite y tocado con veneración.
Edward no contestó inmediatamente; luego suspiró y dijo vacilando:
-Nosotros , nosotros no pudimos evitarlo, Mary. !
-Eso... estaba predestinado. Todo está predestinado.
-Mary levantó los ojos y le miró con firmeza, pero el no le devolvió la mirada. Al poco rato ella dijo:
-Creo que las felicitaciones y elogios siempre saben bien. Pero... ahora me parece que .... Edward...
-¿Qué?
-¿Seguirás trabajando en el banco No .... no.
-¿Dimitirás?
Mañana por la mañana... por carta. Parece lo mejor. Richards abatió la cabeza sobre sus manos y murmuró:
-Antes yo no tenía miedo de que pasaran por mis manos ríos de dinero ajeno, pero.
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