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El hombre que corrompió Hadleyburg (Mark Twain) - pág.38

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Dadme vuestra aprobación y yo le daré parte de mis ganancias al señor Richards, cuya invulnerable probidad han reconocido ustedes tan justa y cordialmente esta noche; su parte será de diez mil dólares y le entregaré el dinero mañana. Grandes aplausos del público. Pero la invulnerable probidad, hizo que los Richards se sonrojaran considerablemente; pero esto fue interpretado como falsa modestia, y no les causó daño.] -Si ustedes aprueban mi propuesta por una amplia mayoría, me gustaría que fueran clon tercios de votos, consideraré tal aprobación corno el consentimiento de la ciudad, y eso es todo lo que pido. A las cosas raras les ayuda siempre cualquier artificio capar efe suscitar curiosidad y de llamar la atención. Ice modo que, si ustedes me permiten grabar sobre cada una de estas aparentes monedas los nombres de los dieciocho caballeros que...
Las nueve décimas partes del público se levantaron inmediatamente incluido el perro y la propuesta fue aprobada entre un torbellino de aplausos y vivas.
El público se sentó y todos los Símbolos, a excepción del doctor Clay Harkness, se pusieron de pie protestando con vehemencia contra el ultraje propuesto, y amenazando con les niego que no me amenacen dijo el forastero tranquilamente. Conozco mis derechos legales y no acostumbro a dejarme intimidar por las fanfarronadas. /Aplausos/. El forastero se sentó.
En este momento el doctor Harkness vio una oportunidad. Era uno de los dos hombres más ricos de la ciudad, Pinkerton, el otro. Harkness era dueño de una casa de moneda, mejor dicho, de un popular medicamento patentado. Era candidato por uno de los partidos alas elecciones y Pinkerton lo era por otro. Se trataba de una carrera reñida y apasionada y cuyo apasionamiento aumentaba de día en día. Ambos tenían mucha hambre de dinero y cada uno había comprado una gran extensión de terreno con una finalidad: se tendería un nuevo ferrocarril y ambos querían salir elegidos y contribuir a que se trazara el itinerario en su beneficio. Un solo voto podía bastar para decidir el asunto, y con él, dos o tres fortunas. La suma en juego era grande, y Harkness, un especulador audaz. Estaba sentado junto al forastero. Se inclinó hacia él, mientras algunos de los demás Símbolos distraían al público con sus protestas y súplicas, y le preguntó en un susurro:
-¿Cuánto quiere por el talego
-Cuarenta mil dólares
-Le doy veinte
-No
-Veinticinco


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