El hombre que corrompió Hadleyburg (Mark Twain) - pág.37
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.. -¡Vamos! -¿He oído?... -¡Mil! -¿Dijo alguien mil cien? -¡Un talego que será el más célebre del mundo! -¡Oh, Edward. Y empezó a sollozar. -¡Somos tan pobres! Pero..., pero... Haz lo que te parezca mejor..., haz lo que te parezca mejor...
Edward estaba desfallecido, esto es, sentado y sumido en silencio; con la conciencia no muy tranquila, pero abrumado por las circunstancias.
Mientras tanto, un forastero, con aire de detective aficionado, vestido como un inverosímil conde inglés, había estado observando el desarrollo de la velada con manifiesto interés y expresión de júbilo, comentando el asunto consigo mismo. Su soliloquio.
Se desarrollaba ahora, más o menos, así: «Ninguno de los dieciocho formula una oferta, y esto no está bien. Hay que cambiarlo; lo impone la unidad dramática. Esa gente tiene que comprar el talego que intentara robar, y tiene que pagar por él un precio muy alto. Algunos de ellos son ricos. Y otra cosa: cuando yo cometo un error, en relación con la naturaleza de Hadleyburg, el hombre que me ha hecho caer en ese error tiene derecho a una alta remuneración, y alguien tiene que pagarla. Ese pobre viejo Richards ha puesto en ridículo mis capacidades de discernimiento: es un hombre honrado. No lo entiendo, pero lo reconozco. -Sí: ha visto mi póquer con una escalera, y el plato le corresponde por derecho. -¡Y será un plato abundante, si funciona mi sistema! Me ha ´decepcionado, pero no importa.
El forastero seguía atentamente la puja. Al llegara mil dólares, el mercado se desmoronó; los preciosa flojaron pronto dando tumbos. Esperó, y siguió observando. Un competidor se apartó de la puja; luego otro y otro más. Entonces el desconocido hizo un par de ofertas. Cuando las ofertas bajaron a diez dólares, él añadió cinco, alguien aumentó tres; el forastero esperó un momento y se lanzó a un salto de cincuenta dólares, y el talego fue suyo por mil doscientos cientos ochenta y dos dólares.
Los presentes estallaron en vítores y luego guardaron silencio, porque el forastero se había puesto en pie y levantaba la mano. Comenzó a hablar.
-Deseo decir unas palabras y pedir un favor. Comercio con objetos raros y tengo negocios con personas interesadas por la numismática en todas partes del mundo. De esta adquisición, así como es, yo le puedo sacar ventaja; conozco la forma, siempre que consiga vuestra aprobación, de poder obtener que cada una de estas monedas de plomo valgan como auténticas monedas de oro de veinte dólares, o quizá más.
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