El hombre que corrompió Hadleyburg (Mark Twain) - pág.34
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Se aprobó por aclamación. Luego la concurrencia volvió a cantar El mikado y terminó con:
;Pero no duden de que los Símbolos están aquí!» ´ Hubo una pausa, luego.
UNA voz: Y bien... -¿Quién recibirá el talego?
CURTIDOR (con amargo sarcasmo): Eso es fácil. El dinero debe ser dividido entre los dieciocho incorruptibles, entre quienes dieron al atribulado forastero veinte dólares por cabeza y la famosa indicación y cada uno por su cuenta. El desfile de la procesión tardó al menos veintidós minutos. Pagaron al forastero trescientos sesenta dólares. Quieren solo que se les devuelva su préstamo más los intereses o sea, cuarenta mil dólares en total.
MUCHAS VOCES (sarcásticamente): -¡Muy bien! -¡Que se lo repartan, que se lo repartan! -¡Hay que ser misericordiosos con los pobres, no les hagan esperar! ´ PRESIDENTE: -¡Orden! Ahora leeré el documento final del forastero. Dice: «-Si no apareciese nadie a reclamar la cantidad (coro de gritos, deseo que usted abra el talego y entregue el dinero a los ciudadanos más importantes de la ciudad, que deberán tomarlo en fideicomiso [gritos de: .,-¡Oh! -¡Oh! -¡Oh!»] y utilizarlo en la forma que le parezca preferible para la propagación y conservación de la incorruptible honradez de esa ciudad (más gritos, una reputación a la cual sus nombres y esfuerzos añadirán un nuevo y lejano esplendor,,. (Entusiasta estallido de sarcásticos aplausos./ Eso parece ser todo. No. Aquí, hay una postdata:
P. D.: CIUDADANOS DE HADLEYBURG: La indicación no existe. Nadie dijo tal cosa. [Gran suspiro./No hubo tal forastero pobre, ni dádiva de veinte dólares, ni bendiciones ni cumplido adjuntos. Todo eso son invenciones. (Zumbido general y canturreo de sorpresa y placer] Permítanme que les cuente mi historia, bastará con unas pocas palabras. En cierta ocasión pasé por Hadleyburg y sufrí una profunda ofensa, que no merecía. Cualquier otro se habría conformado con matar a uno o dos de ustedes y con ello se hubiera dado por satisfecho, pero a mí esto me pareció un desquite trivial e inadecuado: los muertos no sufren. Además, yo no podía matarlos a todos y, por otra parte, siendo como soy, ni aún eso me habría dejado satisfecho Quise perjudicar a tocaos los hombres de la ciudad y a todas las mujeres, y no en sus cuerpos o en sus fortunas, sino en su orgullo, el punto en que es más vulnerable la gente débil y tonta. De modo que me disfracé y volví y les estudié.
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