El hombre que corrompió Hadleyburg (Mark Twain) - pág.33
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La lista mermaba, mermaba, mermaba, mientras el pobre viejo Richards llevaba la cuenta, experimentando un sobresalto cuando se leía un nombre pare ,ciclo al suyo y esperando, con dolorosa expectación, que llegara el momento en que tendría el penoso privilegio de ponerse de pie con Mary y de acabar su defensa, que se proponía cerrar con estas palabras: «...porque, hasta ahora, jamás hemos hecho nada in y correcto y hemos seguido nuestro humilde camino de nudo irreprochable. Somos muy pobres, .somos viejos ~ no tenemos quien cuide de nosotros: nos veíamos terriblemente tentados, y caímos. Cuando me levante antes, mi propósito era confesar y pedir que no fuese leído en este lugar público, porque nos podría que no podríamos soportarlo, pero se me impidió hacerlo. Es justo. Nos correspondía sufrir con los demás. Esto ha sitio duro para nosotros. Es la primera vez que hemos oído salir mancillado nuestro nombre de unos labios. Sean ustedes misericordiosos, en nombre de días mejores. Hagan que nuestra ve riqueza sea leve de llevar, en la medida concedida por vuestra caridad.
En este punto de sus meditaciones, Mary le dio un codazo al advertirle distraído. El público canturreaba «Usted dista de ...», etcétera.
-Prepárate -murmuró Mary.- Tu nombre llegará de un momento a otro; ha leído dieciocho.
El salmodiar terminó.
-¡El próximo! -¡El próximo! -¡El próximo!- llegó una andanada de todos los presentes.
Burgess metió la mano en el bolsillo. La anciana pareja, trémula, empezó a levantarse. Burgess hurgó un momento en sus bolsillos y luego dijo:
-Por lo visto ya los he leído todos.
Desfallecida por la alegría y la sorpresa, la pareja se desplomó sobre sus asientos y Mary susurró:
-¡Oh, bendito sea Dios! -¡Estamos salvados! -¡Ha perdido nuestro sobre! -¡Yo no cambiaría esto por un centenar de esos talegos! Los presentes entonaron de nuevo su parodia de El mikado y la cantaron tres veces con creciente entusiasmo, poniéndose en pie al entonar por tercera vez el verso final:
¡Pero no duden de que los Símbolos están aquí!
Acabaron con vítores y un viva final por »La pureza de Hadleyburg y de nuestros dieciocho inmortales representantes Entonces Wingate, el guarnicionero, se puso de pie y propuso vítores por »el hombre más limpio de la ciudad, el único ciudadano importante de Hadleyburg que no intentó robar el dinero: Edward Richards».
Los vítores fueron proferidos con grande y conmovedora cordialidad; luego alguien propuso que Richards fuese elegido único guardián y símbolo de la e ahora sagrada tradición de Hadleyburg, con poder y derecho a afrontar todo el sarcástico mundo cara a cara.
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