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El hombre que corrompió Hadleyburg (Mark Twain) - pág.32

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el afecto de su corazón.
Entonces, el presidente prosiguió:
-Lo que yo iba a decir era esto: Conocemos su buen corazón, señor Richards, pero éste no es el momento pura ejercer la caridad con los transgresores de la moral Gritos de: «-¡Exacto! -¡Exacto!..). Leo en el rostro de ustedes dos su generoso propósito, pero no puedo permitirles que defiendan a esos hombres...
-Pero yo iba a...
-Le ruego que tome asiento, señor Richards. Debemos examinar el resto de esos sobres; lo exige la más mínima equidad para con los hombres que hemos dejado ya al descubierto. Apenas se haya hecho esto, le doy mi palabra de que le escucharemos.
MUCHAS voces: -¡Muy bien! -¡El presidente tiene razón! -¡No puede permitirse interrupción alguna a estas alturas! -¡Siga! -¡Los nombres! -¡Los nombres! -¡De acuerdo con los términos de la moción!
La anciana pareja se sentó Es clarísimo tener que esperar. Nuestra vergüenza será mayor que nunca cuando se descubra que sólo íbamos a interceder por nosotros.
Nuevamente volvió a desatarse el alborozo con la lectura de los nombres.
-
Usted dista de ser un hombre malo... Firmado, Robert J. Titmarsh.

-
Usted dista de ser un hombre malo... Firmado, Eliphalet Weeks. -Usted dista de ser un hombre malo... Firmado, Oscar B. Wilder.


A estas alturas, a la concurrencia se le ocurrió la -¡idea de arrebatar las siete palabras de la boca del presidente. Éste se lo agradeció. A partir de aquel momento levantaba, vez por vez, el papel, y se quedaba esperando. Y, cada vez, los presentes entonaban las siete palabras con un efecto compacto, sonoro y cadencioso (que, por otra parte, mostraba un audaz y parecido con un bien conocido salmo religioso). Usted distaaa de ser un maaaalo hombre maaaalo. Luego el presidente decía: «Firmado, Achibald Wilcox». Y así sucesivamente, nombre tras nombre, y todos lo pasaban cada vez mejor y se sentían más satisfechos, salvo los desventurados diecinueve. De vez en cuando, al pronunciarse un nombre particularmente brillante, el público hacía esperar al presidente mientras canturreaba el total de la frase, desde el principio hasta las palabras finales -¡E irá al infierno y a Hadleyburg...; procure que sea lo primeeeero!», y en esos casos especiales, los presentes añadían un magnífico y atormentado e imponente ¡Amén!»


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