El hombre que corrompió Hadleyburg (Mark Twain) - pág.31
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Al extinguirse la última nota, la voz de Jack Halliday se elevó aguda y clara, grávida, con un verso final:
Pero no duden de que los Símbolos están aquí!
Lo cantaron con atronador entusiasmo. Luego la satisfecha concurrencia empezó por el principio y repitió dos veces los cuatro versos, con enorme ímpetu y vibración, y los remató con un estrepitoso triple vítor un viva final por Hadleyhurg la incorruptible y todos los Símbolos a los que esta noche consideremos dignos de recibir el sello de garantía.
Entonces los gritos a la presidencia se reanudaron en todo el recinto: -¡Siga! -¡Siga! -¡Lea! -¡Lea más! -¡Lea todo lo que tenga!
-¡Eso! -¡Siga! -¡Conseguiremos una fama inmortal!
En ese momento se levantaron una docena de hombres y empezaron a protestar. Dijeron que la farsa era obra de algún perverso bromista y que significaba un insulto para toda la ciudad. Sin duda, las Firmas eran todas falsas -¡Siéntense! -¡Siéntense! -¡Cállense! Ustedes están confesando. Encontraremos sus nombres en el montón.
-¿Cuántos de esos sobres tiene, señor presidente?
El presidente contó.
-Junto con los ya examinados, diecinueve.
Estalló una tempestad de aplausos burlones. Quizá todos contienen el secreto. Propongo que el presidente abra todos y lea todas las firmas que figuran en los papeles... y también que lea las primeras ocho palabras de cada uno.
-¡Apoyo la moción!
Se puso con práctica y se llevó adelante ruidosamente. Entonces el pobre viejo Richards se puso de pie y también su esposa se puso a su lado, con la cabeza gacha, paro que nadie advirtiera sus lágrimas. Su marido le dio el brazo y, mientras la sostenía así, comenzó a hallar con voz trémula:
-Amigos míos... Ustedes nos conocen a los dos, a Mary y a mí, desde que estamos en este mundo, y creo que nos han querido y respetado...
El presidente lo interrumpió:
-Permítame. Es completamente cierto lo que nos dice, senor Richards. Esta ciudad los conoce a ustedes, los quiere, los respeta; más aún, los honra y los ama...
La voz de Halliday resonó de manera estridente:
-¡También ésta es una verdad! -Si el presidente tiene razón, que el público hable y lo diga. -¡Arriba! Ahora, vamos... -¡Hip! -¡Slip! -¡Hurra! -¡Todos a una!
El público se puso en pie a la vez, volvió sus rostros hacia la anciana pareja, llenó el aire de una nevada de pañuelos que se agitaban y profirió los vítores con todo
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