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El hombre que corrompió Hadleyburg (Mark Twain) - pág.27

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En ese inoportuno momento estalló en medio del silencio el bramido de una voz solitaria, la de Jack Halliday:
-¡Esto sí que es un buen consejo!
Entonces los presentes, incluso los forasteros, cedieron. Hasta la gravedad del señor Burgess se desmoronó en el acto y el público se consideró oficialmente libre de toda contención y usó su privilegio al máximo. Fue una buena y prolongada tanda de riquezas y de risas tempestuosamente sinceras, pero que por fin cesó, durando lo bastante para que el señor Burgess intentara reanudar su discurso y para que la agente se secara parcialmente los ojos. Luego Burgess patio proferir estas graves palabras: Es inútil que tratemos de disimular el hecho.
Nos encontramos frente a un asunto muy importante. Está en juego el honor de nuestra ciudad, amenaza su buen nombre. La diferencia de una sola palabra entre los textos presentados por el señor Wilsony por el señor Billson era, en sí misma, una cuestión muy seria, ya que demostraba que uno de estos dos señores era culpable de robo Los dos hombres aludidos estaban sentados con la cabeza gacha, pasivos, aplastados; pero, al oír estas palabras, se movieron como electrizados e hicieron ademán de levantarse -¡Siéntense! dijo el presidente bruscamente; 1 ambos obedecieron. Eso, como acabo de decir, era una cosa seria. Y lo era..., pero sólo para uno de y ellos. Con todo, el asunto ha tomado un cariz más grave, porque ahora el honor de ambos está en peligro. -¿Debo ir más allá aún y decir que se trata de un peligro que no se puede desenredar? Ambos han omitido las palabras decisivas.
El reverendo hizo una pausa. Dejó que durante unos instantes el silencio que impregnaba todo se espesara y aumentase sus solemnes efectos y añadió:
-Aparentemente esto sólo puede haber ocurrido de una manera. Yo les pregunto a estos caballeros: -¿Ha habido cohesión , acuerdo? ´Un suave murmullo se insinuó entre el público; su significado era: «Los ha acorralado...
Billson no estaba acostumbrado a estas situaciones, se quedó sentado, con la cabeza gacha. Pero Wilson era abogado. Se puso de pie con esfuerzo, pálido y afligido, y dijo:
-Solicito la indulgencia del público mientras explico este penoso asunto. Lamento decir lo que voy a decir, !tiesto que ofenderé de forma irreparable al señor Billson, a quien he estimado y respetado siempre hasta ahora, y en cuya invulnerabilidad a la tentación creí siempre a pie juntillas como todos ustedes.


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