El hombre que corrompió Hadleyburg (Mark Twain) - pág.26
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.., cuál de estos dos aventureros... [PRESIDENTE: -¡Orden! -¡Orden!]..., cuál de estos dos caballeros... Risas y aplausos] tiene derecho a ostentar el título de primer fanfarrón deshonesto jamás criado en esta ciudad..., ;a la cual ha deshonrado y que será desde ahora para él un lugar asfixiante! [Fuertes aplausos.]
MUCHAS VOCES: -¡Ábralo! -¡Abra el talego!
El reverencio Burgess pegó un corte en el talego, metió la mano dentro y sacó un sobre. En él se hallaban dos papeles doblados. El reverendo dijo:
-Uno de estos papeles contiene la frase: «No deberá ser examinada, hasta que no se hayan leído todas las comunicaciones escritas dirigidas a la presidencia, si las hubiere». Sobre el otro papel está escrito: Prueba. Un momento. Dice así: «Yo no exijo que la primera mitad de la indicación de mi benefactor sea repetida con toda exactitud, porque no era muy notable y puede haber sido olvidada, pero sus quince palabras finales sí que son notables y las creo fáciles de recordar, y, a no ser que éstas sean reproducidas con exactitud, el que reclame será considerado un impostor. Mi benefactor empezó diciendo que él rara vez daba un consejo, pero añadió que, cuando lo daba, el consejo llevaba siempre el sello de mucha calidad. Luego dijo esto... que El hombre que corrompió Hadleyburg nunca se me ha borrado de mi memoria: ..Usted no es malo .....
CINCUENTA VOCES: Eso aclara todo. -¡El dinero es de ¡Wilson! -¡Wilson! -¡Wilson! -¡Que hable! -¡Que hable!
Todos se levantaron de un salto y se agolparon alrededor de Wilson, estrujándole la mano y
felicitándolo con fervor, mientras el presidente
descargaba golpes con su maza y gritaba:
-¡Silencio, caballeros! -¡Silencio! -¡Silencio!
Permítanme que termine de leer, por favor.
Al restablecerse el silencio, se reanudó la lectura, oyéndose lo siguiente:
«Váyase y refórmese, o, recuerde mis palabras, un día, por sus pecados, morirá e irá al infierno o a Hadleyburg... PROCURE ACABAR EN EL INFIERNO»
Hubo un silencio espantoso. Primero, sobre los rostros de los ciudadanos comenzó a cernirse una nube de enojo; tras una pausa, la nube empezó a disiparse y una expresión divertida trató de ocupar su sitio y lo intentó con tal esfuerzo, que sólo pudo evitarse con grande y penosa dificultad. Los reporteros, los nativos de Brixton y demás forasteros abatieron sus cabezas y protegieron sus rostros con las manos y lograron contenerse con mucho esfuerzo y heroica cortesía.
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