El hombre que corrompió Hadleyburg (Mark Twain) - pág.23
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No sabemos quién os, pero en nombre de ustedes le expreso nuestra gratitud y les pido que expresen, con una aclamación, su acuerdo.
La concurrencia se levantó como un solo hombree hico retumbar los muros con los aplausos de su gratitud durante un largo minuto. Luego se sentó, y el señor Burgess sacó un sobre del bolsillo. La concurrencia contuvo el aliento mientras Burgess rasgaba el sobe y extraía de él una hojita de papel. Leyó su contenido con tono lento y solemne, mientras el auditorio escuchaba con extática atención aquel documento mágico. Corla una de sus palabras valía un lingote de oro: «La indicación que le hice a aquel atribulado forastero fue: Usted dista mucho de ser un hombre malo; váyase y refórmese.»
Luego continuó:
-Dentro de un momento sabremos si la indicación aquí citada corresponde a la escondida en el talego, y, si resulta ser así y así será, indudablemente, este talego de oro le corresponderá a un ´, .
conciudadano que será desde ahora para esta nación el símbolo de la virtud que ha dado fama a nuestra ciudad en el país. -¡El señor Billson!
Los presentes se habían preparado para desencadenar la debida tempestad de aplausos, pero, en el lugar de hacerlo, se sintieron afectados de una especie de parálisis. Luego, durante unos instantes, reinó un profundo silencio seguido de una ola de murmullos que recorrió el salón. Todos ellos eran de este tenor: -¡Billson! -¡Venga, vamos, esto es demasiado extraño! -¡Billson dando veinte dólares a un forastero... o a cualquier otro. -¡A otro con ese cuento!» En este momento los presentes contuvieron repentinamente el aliento en un nuevo acceso de sor y presa al descubrir que, mientras en un extremo del y salón el diácono Billson se había puesto en pie con la cabeza abatida en gesto de mansedumbre, el abogado Wilson estaba haciendo otro tanto en el otro extremo. Durante unos momentos reinó un silencio de asombro.
Todos estaban intrigados y diecinueve parejas se sentían sorprendidas e indignadas.
Billson y Wilson se volvieron y se miraron fijamente. Billson preguntó con tono seco:
-¿Por qué se levanta usted, señor Wilson? Porque tengo derecho a hacerlo. -¿Sería tan amable de explicarle al público por qué se ha levantado?
-Con sumo placer. Porque fui yo quien escribí ese papel.
-¡Impúdica falsedad! Lo escribí yo.
Esta vez Burgess se quedó petrificado.
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