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El hombre que corrompió Hadleyburg (Mark Twain) - pág.21

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Volvió a sentirse intrigado y no supo cómo interpretar aquello. «Los gatitos de Wilcox no han muerto, porque no han nacido; nadie se ha roto una pierna; no ha tenido lugar una reducción en el número de suegras, no ha sucedido nada... El misterio es impenetrable, había, además de Halliday, otro hombre intrigado: el reverendo Burgess. Desde hacía días, adondequiera que iba, la gente parecía seguirlo o acecharlo; y, si se encontraba alguna vez en un sitio retirado, podía tener la seguridad de que aparecería uno de los diecinueve vecinos importantes y le pondría a hurtadillas en la mano un sobre y le murmuraría: ,Para abrir el viernes por la noche en el ayuntamiento», y desaparecía luego con aire culpable. Esperaba aunque con muchas dudas, pues Goodson estaba muerto que alguien diese un paso adelante pidiendo el talego lleno de dinero, pero nunca se le había ocurrido que hubiese toda una multitud de pretendientes. Cuando por fin llegó el gran viernes, comprobó que tenía diecinueve sobres.
III
El ayuntamiento nunca había presentado un aspecto tan impresionante. En el fondo del estrado se veía un llamativo grupo de banderas. Ice trecho en trecho, a lo largo de las paredes, había guirnaldas de banderas; el frente de las galerías estaba revestido de banderas y las columnas que las sostenían estaban envueltas en banderas. Todo aquello tenía como objeto impresionar a los forasteros, porque acudirían muchos, sobre todo en representación de la prensa. El salón estaba lleno. Los cuatrocientos doce asientos fijos, ocupados, como también las sesenta y ocho sillas suplementarias colocadas en los pasillos. Los peldaños del estrado estaban ocupados. A algunos forasteros distinguidos les habían dado asiento en el estrado. Junto a la herradura de mesas que cercaban el frente y los costados del estrado, se hallaba sentado un nutrido grupo de corresponsales especiales llegados de todas partes. Era el salón mejor adornado que jamás hubiera visto la ciudad. Había algunos tocados tirando a lujosos y, en algunos casos, las damas que los lucían parecían no estar familiarizadas con aquel tipo de vestidos. Al menos, así lo creía la, ciudad, pero la idea quizá se debiera a que la ciudad sabía que aquellas damas nunca se habían metido en aquellos vestidos.
El talego de oro estaba sobre una mesita en el primer plano del estrado, donde todos los presentes podían verlo. La mayor parte de éstos lo contemplaban con apasionado interés, con tal interés, que se le boca agua: con un interés ansioso y patético.


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