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El hombre que corrompió Hadleyburg (Mark Twain) - pág.15

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Pues bien: si fue usted quien le hizo ese favor; es usted su legítimo heredero y fierre derecho al talego de oro. Sé que puedo confiar en su honor y en su honradez, porque en un ciudadano de Hadleyburg tales virtudes constituyen un patrimonio que no falta. Por esto, le revelaré esa frase, coca el convencimiento de que, si no fuera usted la persona buscada, usted la buscará y la encontrará y cuidará de que la deuda de gratitud del pobre Goodson por el favor mencionado sea pagada.
La frase es la siguiente: «USTED DISTA MUCHO DE SER UN HOMBRE MALO: VÁYASE Y REFÓRMESE»
HOWARD L. STEPHENSON
-¡Oh, Edward! -El dinero m nuestro y me siento tan contenta, tan contenta!... -¡Bésame, querido!
-¡Hace tanto tiempo que no nos ciamos un beso!... Y necesitamos tanto el dinero... y ahora estás libre de Pinkerton y de su banco; ya no somos esclavos de nadie... Me parece que sería capaz de volar de alegría.
La pareja pasó media hora feliz sobre el canapé, acariciándose: habían vuelto los días de antaño, los días que empezaron con su noviazgo y que duraron sin interrupción hasta que el forastero trajera su mortífero oro. Al poco rato la esposa dijo:
-¡Oh, Edward!... -¡Qué suerte tuvimos de que le hicieras aquel gran favor al pobre Goodson! Goodson nunca me gustó, pero ahora siento afecto por él. Y fue muy hermoso el que nunca mencionaras el asunto ni te jactaras de haber hecho tal favor.
Luego, en tono de reproche, la señora Richards agregó:
-Pero debiste habérmelo dicho, Edward... Debiste habérselo dicho a tu esposa.
-Bueno... Yo... Como comprenderás, Mary...
-Ahora déjate de tartamudear y cuéntame eso, Edward. Siempre te quise y ahora estoy orgullosa de ti. Todos creen que sólo hubo un alma generosa en esta ciudad, y ahora resulta que tía... -¿Por qué no me lo cuentas, Edward?
-Este... Pero... -¡No puedo, Mary!
-¿No puedes? -¿Por qué no puedes?
-Te diré... Él... él... Bueno... El caso es que me obligó a prometer que no lo contaría.
La mujer de Richards lo miró de arriba abajo y dijo con mucha lentitud:
-Te... lo hizo... prometer? -¿Por qué me dices eso, Edward?
-Crees que yo sería capaz de mentirte, Mary?
Turbada, se quedó en silencio durante un rato, luego puso su mano en la de su marido y dijo:


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