El hombre que corrompió Hadleyburg (Mark Twain) - pág.14
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La vieja costumbre de leer, tejer o charlar apaciblemente o recibir o hacer visitas a los vecinos batía desaparecido, olvidada desde hacía muchísimo tiempo .... hacía dos o tres serranas. Ahora nadie conversaba, nadie leía, nadie hacía visitas. Todos se quedaban sentados en sus casas, suspirando, inquietos, silenciosos, intentando averiguar esa Famosa frase.
El cartero dejó una carta. Richards miró con indiferencia la letra del cobre v el sello, ambos desconocidos, y tiró la carta .sobre la mesa y reanudó sus conjeturas y sus irremediables y tristes congojas en el punto donde las dejara. Dos o tres horas después su esposa se levantó con aire cansado y se disponía .1 marcharse a la cama sin darle las buenas noches cosa normal ahora, pero se detuvo cerca de la carta y la miró durante unos instantes con apagado interés; luego la abrió y comenzó a recorrerla rápidamente con los ojos. Richards, que esta sentado con la silla echada hacia atrás contra la pared y el mentón entre las rodillas, ovó caer algo. Era su esposa. Se abalanzó sobre ella pura levantarla, pero la señora Richards exclamó:
-¡Déjame en paz! Me siento demasiado feliz. Lee la carta... ¡Léela!
La leyó. La devoró con los ojos, mientras su cerebro trepidaba. La carta provenía do un Estado lejano y decía:
Usted no me conoce, pero es lo mismo; necesito decirlo albo. Acabo de volver de Méjico y me he enterado de ese episodio. Desde luego usted no sabe quién hizo esa indicación, pero yo soy la única persona viva que lo sabe. Fue Goodson. Le conocí muy bien hace muchos años. Pasé por la ciudad de Hadleyburg esa misma noche y fui su huésped hasta la llegada del tren de medianoche. Le oí hacerle esa indicación al forastero en la oscuridad, en Hale Alley. El y yo conversamos sobre el asunto durante el trayecto a su casa y luego fumando un puro. Goodson mencionó u machos de ustedes, en el transcurso de la conversación, refiriéndose a la mayoría en forma muy poco lisonjera, pero habló de dos o tres favorablemente, entre ellos de usted. Digo favorablemente y nada más. Recuerdo haberle oído decir que no le gustaba en realidad ninguno de sus convecinos, ni uno solo, pero que usted creo que dijo usted, estoy casi seguro le había hecho un gran favor en cierta ocasión, posiblemente sin saber su verdadero valor y me dijo que, si hubiese tenido un patrimonio, se lo habría dejado a usted al morir y una maldición a cada tino de sus conciudadanos.
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