El hombre que corrompió Hadleyburg (Mark Twain) - pág.13
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Jack empezó por hacer observaciones sarcásticas, diciendo que el aire de la gente no era tan feliz como un par de días antes; luego afirmó que el nuevo talante se iba convirtiendo en positiva tristeza; después que se volvía enfermizo y, finalmente, que todos estaban tan cavilosos, pensativos y distraídos, que habría podido robarles hasta el último centavo de los bolsillos sin turbar sus sueños.
Llegas a este punto poco más o menos los jefes de familia de las diecinueve casas más impar.
tintes, a la hora de ir a la cama generalmente con un suspiro dejaban escapar esta reflexión:
-¡Ah! -¿Cuál habrá sido la indicación que hizo Goodson?
E inmediatamente con un escalofrío llegaban estas palabras de la esposa del cabeza de familia:
-¡Oh, no digas eso! -¿Qué cosas horribles estás rumiando? ¡Quítatelas de la cabeza, por amor de Dios!
Pero aquellos hombres volvían a formular la pregunta la noche siguiente... y obtenían la misma respuesta, aunque más débil.
Y, al llegar la tercera noche, de nuevo se repetía la pregunta, con angustia y aire distraído. Esta vez y la noche siguiente las mujeres hacían un nervioso y débil movimiento de protesta y trataban de decir algo. Pero no lo decían.
Y a la noche siguiente reencontraban su voz y respondían con anhelo:
-¡Ah, si pudiéramos adivinarla!
Los comentarios de Halliday se volvían cada día más despectivos y desagradables. Se paseaba sin cesar, riéndose de la ciudad ya como algo individual, ya en su conjunto. Pero aquella risa era la única que quedaba en Hadleyburg, y caía en medio de un espacio vacío y desierto. No se veían nada más que caras largas. Halliday llevaba por todas partes una cigarrera montada sobre un trípode, simulando que se trataba de una cámara fotográfica y detenía a los paseantes y les enfocaba y decía:
-¡Atención! Muestren una cara agradable, por favor.
Pero ni siquiera esta broma podía sorprender a los melancólicos rostros y suavizarlos.
Así transcurrieron tres semanas, ya sólo faltaba una. Era la noche del sábado, después de la cena.
En vez del habitual ajetreo y agitación y bullicio y la alegría y la gente de compras propios de los sábados por la noche, las calles estaban desiertas y desoladas. Richards y su vieja esposa estaban sentados en su salón, enfrascados en lúgubres pensamientos Ésta era la costumbre de todas los noches.
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