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El hombre que corrompió Hadleyburg (Mark Twain) - pág.12

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.., inmediatamente, nuevas noticias sobre el particular.
II
La ciudad de Hadleyburg se despertó célebre, asombrada, feliz, orgullosa. Indescriptiblemente orgullosa. Sus diecinueve ciudadanos más importantes, acompañados de sus esposas, empezaron a estrechar manos, sonrientes, radiantes, felicitándose mutuamente y diciendo que este asunto añadía una nueva palabra al diccionario Hadleyburg sinónimo de incorruptible que estaba destinada a vivir en los diccionarios eternamente. Y los ciudadanos más humildes, los más modestos y sus esposas caminaban por la ciudad y se comportaban de manera muy parecida. Todos corrían al banco a ver el talego de oro, y, antes del mediodía, desde Brixton y las ciudades vecinas, comenzó allegar una multitud triste y envidiosa. Y esa tarde y al día siguiente comenzaron a llegar de todas partes reporteros para comprobar la existencia del talego y su historia y reescribir el asunto.
E hicieron arbitrarias descripciones del talego y de la casa de Richards y del banco y de la iglesia presbiteriana y de la iglesia baptista y de la plaza pública y del ayuntamiento, donde se realizaría la prueba y se entregaría el dinero, e hicieron detestables retratos de los Richards y del banquero Pinkerton y de Cox y del administrador y del reverendo Burgess y del cartero..., y hasta de Jack Halliday, el vagabundo, el simpático holgazán, cazador y pescador furtivo, amigo de los niños y de los perros extraviados. El pequeño Pinkerton, zalamero y de estúpida sonrisa, mostraba el talego a los recién llegados y se frotaba complacido las suaves palmas de las manos y se explayaba sobre la hermosa y antigua reputación de honradez de la ciudad y sobre la maravillosa confirmación de la misma, y manifestaba su creencia de que el ejemplo se difundiría ahora por toda la geografía del mundo norteamericano y habría hecho época en la historia de la regeneración moral de la humanidad. Y así sucesivamente.
A1 cabo de una semana todo había vuelto a sus aguas. La salvaje embriaguez de orgullo y de alegría se había calmado y se había ido convirtiendo en una alegría tranquila, dulce, complaciente, silenciosa, una especie de honda, innominada e inenarrable satisfacción. En todos los rostros estaba impresa una apacible y santa felicidad.
Luego se produjo una transformación. Fue ,una transformación gradual, tan gradual que apenas se percibió al principio, casi nadie se dio cuenta, salvo Jack Halliday, que se daba cuento de todo y siempre se reía de todo, fuese lo que fuese.


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