El hombre que corrompió Hadleyburg (Mark Twain) - pág.11
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-¡Además, me parece tan raro, tan absurdo! Yo nunca lo habría creído... Nunca.
Siguió un largo silencio; ambos estaban sumidos -¡en sus pensamientos. Finalmente la esposa levantóla vista y dijo:
-Sé en qué estás pensando, Edward.
Richards tenía un aire turbado de hombre atrapado.
-Me avergüenza confesarlo, Mary, pero ¿qué más da, Edward. Yo estaba pensando en lo mismo.
-Estoy seguro. Dime.
Estabas pensando en qué bueno sería si alguien pudiese adivinar cuál, fue la indicación que le hizo Goodson al desconocido.
-Pues es verdad. Me siento culpable y avergonzado. -¿Y tú?
-Se me ha pasado ya. Preparémonos un jergón aquí; tenemos que montar la guardia hasta que se abra por la mañana el banco pira poder entregar el talego... -¡Oh, querido, querido! -Si no hubiésemos cometido ese error!
Prepararon el jergón y Mary dijo:
-¿Cuál podrá ser el «sésamo, ábrete..? Me pregunto cuál podrá ser la indicación... Pero, ahora, vamos acostarnos.
-¿Y a dormir?
-No. A pensar.
-Sí. A pensar.
A estas alturas los Cox habían terminado ya su discusión y se habían reconciliado y se estaban dedicando a... a pensar, a pensar y a agitarse y a desasosegarse y a cavilar inquietos sobre la indicación que podía haberle hecho Goodson al necesitado forastero, esa indicación de oro, la indicación que valía cuarenta mil dólares efectivos.
La razón de que la oficina telegráfica del pueblo permaneciese abierta más tarde que de costumbre era que cl encargado de la imprenta en que se hacía el periódico de Cox era el representante local de la "Associated Press". Podría decirse que era su corresponsal honorario, ya que no lograba ni cuatro veces al año enviar treinta palabras aceptables. Pero esta vez las cosas fueron distintas. Su despacho comunicando el coso obtuvo una respuesta inmediata:
«MANDE TODO... CON TODO DETALLE... MIL DOSCIENTAS PALABRAS»
-¡Una orden colosal! El encargado le dio cumplimiento y fue el hombre mas orgulloso del Estado. A la mañana siguiente, a la hora del desayuno, el nombre de Hadleyhurg, la incorruptible, estaba en labios de toda la gente de los Estados Unidos, desde Montreal hasta el Golfo de México, desde los ventisqueros de Alaska hasta los bosquecillos de naranjos de Florida: millones y millones de personas discutían el caso del forastero y su talego de oro y se preguntaban si aparecería el hombre buscado y confiaban en conocer pronto.
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