El hombre que corrompió Hadleyburg (Mark Twain) - pág.8
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Entonces pareció que había tomado una decisión; y, sin decir una palabra, se puso el sombrero y salió rápidamente de casa. Su esposa se quedó sentada, cavilando, el rostro contraído, y no pareció ad venir que estaba sola. De vez en cuando murmuraba: «No nos empujes a la tent.., pero... pero... -¡somos tan pobres!... No nos empujes a... -¡Oh! -¿A quién le causaría daño eso? Y nadie lo sabría jamás... No nos empujes Su voz se apagó en murmullos. A1 poco rato levantó los ojos y murmuró con aire a medias asustado y a medias contento:
-¡Se ha ido! Pero querido... Quizá es demasiado tarde demasiado tarde Quizá no Quizá hay tiempo aún..
-Se levantó y se quedó pensando... enlazando y desenlazando las manos. Un leve temblor extremeció su cuerpo, y dijo con la garganta reseca:
-Que Dios me perdone... Es horrible pensar en estas cosas, pero... -¡Dios mío! -¡Qué raros somos! -¡Qué raros somos!
Atenuó la luz, se deslizó furtivamente hacia el talego y se arrodilló junto a él y tanteó sus acanalados costados con las manos y los acarició afectuosamente; y en sus viejos ojos brilló una luz de avaricia. Tuvo instantes en los que no recordaba nada y emergió de ellos para murmurar: -¡-Si, al menos, hubiéramos esperado! -¡-Si hubiéramos esperado un poco, sin tanta prisa!»Mientras tanto Cox bahía vuelto a su casa y contado a su esposa el extraño suceso; ambos lo habían discutido con vehemencia y estaban de acuerdo en que el difunto Goodson era el único hombre de la ciudad capaz. de ayudar a un forastero en apuros con la bonita cantidad de veinte dólares. Luego hubo una pausa y los dos se quedaron pensativos y sumidos en silencio. Y, a intervalos, se mostraban nerviosos e inquietos. Finalmente la esposa dijo, como para sí:
-Nadie conoce este secreto fuera de los Richards... y de nosotros... Nadie.
El marido salió de su ensimismamiento con leve sobresalto y contempló con aire meditativo a su mujer, cuyo rastro se había vuelto muy pálido. Luego se levantó titubeando y miró furtivamente su sombrero y después a su esposa .... una suerte de muda interrogante. La señora Cox tragó saliva un par de veces, la mano sobre la garganta y, en vez de hablar, hizo un gesto de asentimiento. Un momento después, se quedó sola y murmurando para sí.
Ahora Richards y Cox recorrían presurosamente las calles desiertas, desde direcciones opuestas.
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