El hombre que corrompió Hadleyburg (Mark Twain) - pág.7
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-¡Edward! -Si la gente supiera...
-¡No digas eso! Aún me asusta pensarlo. Me arrepentí apenas lo hice; y no te he dicho nada por miedo de que alguien me pudiera traicionar. Esa noche no pude dormir de lo preocupado que estaba. Pero a los pocos días me di cuenta de que nadie sospechaba de mí, y entonces me alegré de haberlo hecho. Y cada día estoy más contento, Mary... cada día más contento.
-También yo ahora, porque habría sido espantoso que le hicieran eso a Burgess. -Sí. Me alegro. Porque se lo debías. Pero... -¿y si se descubriera algún día, Edward?
-No se descubrir.
-¿Por qué?
-Porque todos creen que fue Goodson.
-¡Naturalmente!
En efecto. Y desde luego a Goodson no le importaba. Convencieron al pobre viejo Sawlsberry para que le echara la culpa, y fue con aire fanfarrón y lo hizo. Goodson lo miró de arriba abajo, como ;si buscara en él el lado más despreciable, y le dijo:
-¿De modo que es usted el Comité de Investigación?... -¿no?» Sawlsberry dijo que él era eso, poco más o menos. Hum. -Necesitan detalles o supone usted que bastará con una respuesta de carácter genético. «-Si necesitan detalles, volveré, señor Goodson; choro basta que me dé una respuesta genérica «Perfectamente. Entonces dígales que se vayan al infierno. Creo que eso es bastante genérico. Y le daré un consejo, Sawlsberry; cuando venga en busca de detalles, traiga una cesta para echar lo que quede de usted.». Eso era muy típico de Goodson. Tiene todas sus características. Sólo tenía un motivo de vanidad: creía poder dar un consejo mejor que cualquiera otra persona.
Eso liquidó el asunto y nos salvó, Mary. Ya no se ha vuelto a tocar el tema.
Bendito sea... No dudo de eso.
Luego los Richards volvieron a abordar el misterio del talego con acentuado interés. Pronto la conversación comenzó a sufrir interrupciones, intervalos causados por abstraídos pensamientos. Los intervalos se volvieron cada vez más frecuentes. Por fin Richards se perdió totalmente en sus meditaciones. Se quedó sentado, contemplando el piso con aire vago y, poco a poco, empezó a subrayar sus cavilaciones con pequeños movimientos nerviosos de las manos, que parecían revelar irritación. Mientras tanto, su esposa había vuelto a sumirse también en caviloso silencio y sus movimientos estaban empezando a revelar un turbado desconsuelo. Finalmente Richards se puso de pie y empezó a pasearse sin sentido por el aposento, pasándose los dedos por entre el cabello como un símbolo que acaba de sufrir una pesadilla.
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