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El hombre que corrompió Hadleyburg (Mark Twain) - pág.2

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Sacó del carricoche un talego, se lo echó al hombro y, después de haber atravesado tambaleándose el patio de la casita, llamó ala puerta. Una voz de mujer le dijo que entrara y el forastero entró y dejó su talego detrás de la estufa del salón, diciendo con cortesía a la anciana señora que leía El Heraldo del misionero ala luz de la lámpara:
-Le ruego que no se levante, señora. No la molestare. Eso es... Ahora el talego está bien guardado. Difícilmente se sospecharía que está aquí. -¿Puedo ver a su marido un momento?
-No, el cajero se ha ido a Brixton y posiblemente no regresará hasta mañana..
-Es igual, señora, no importa. Sólo deseaba que su marido me guardara este talego, para que se lo entregue a su legítimo dueño cuando lo encuentre. Soy forastero; su marido no me conoce; esta noche estoy simplemente de paso en esta ciudad para arreglar un asunto que tengo en la cabeza desde hace tiempo. Ya he realizado mi trabajo y me voy satisfecho y algo orgulloso; usted nunca volverá a verme. Un papel atado al talego lo explica todo. Buenas noches, señora.
La anciana señora, asustada por el corpulento y misterioso forastero, se alegró mucho al ver que se marchaba. Pero, roída por la curiosidad, se fue sin perder tiempo al talego y echó mano al papel. Empezaba con las siguientes palabras:
PARA SER PUBLICADO: a no ser que se encuentre al hombre adecuado con una investigación privada. Cualquiera de esos métodos servirá. Este talego contiene monedas de oro que pesan en total ciento sesenta libras y cuatro onzas...
-¡Dios misericordioso! -¡Y la puerta no está cerrada con llave!
La señora Richards voló temblando hacia la puerta y la cerró con llave; luego bajó las cortinas de la ventana y se detuvo asustada, inquieta y preguntándose si podía hacer alguna otra cosa para que estuvieran más seguros ella y el dinero. Escuchó un poco para ver si rondaban ladrones; luego se rindió ala curiosidad y volvió a la lámpara para acabar de leer el papel:
Soy un forastero y pronto volveré a mi país para quedarme allí definitivamente. Estoy agradecido a los Estados Unidos por lo que he recibido de sus manos durante mi larga permanencia bajo su bandera; y, particularmente, le estoy agradecido a uno de sus ciudadanos un ciudadano de Hadleyburg por un gran favor que me hizo hace un par de años.


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