La Vuelta de Martín Fierro (José Hernández) - pág.30
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en el cuchillo lo alcé,
en peso lo levanté
aquel hijo del desierto;
ensartado lo llevé,
y allá recién lo largué
cuando ya lo sentí muerto.
621
Me persiné dando gracias
de haber salvado la vida;
aquella pobre afligida,
de rodillas en el suelo,
alzó sus ojos al cielo
sollozando dolorida.
622
Me hinqué también a su lado
a dar gracias a mi Santo;
en su dolor y quebranto
ella, a la Madre de Dios,
le pide en su triste llanto
que nos ampare a los dos.
623
Se alzó con pausa de leona
cuando acabó de implorar,
y, sin dejar de llorar,
envolvió en uno trapitos
los pedazos de su hijito,
que yo le ayudé a juntar.
X
624
Dende ese punto era juerza
abandonar el desierto,
pues me hubieran descubierto,
y aunque lo maté en pelea,
de fijo que me lancean
por vengar al indio muerto.
625
A la afligida cautiva
mi caballo le ofrecí:
era un pingo que adquirí,
y, donde quiera que estaba,
en cuanto yo lo silbaba
venia a refregarse en mí.
626
Yo me lo senté al del pampa;
era un escuro tapao
(cuando me hallo bien montao
de mis casillas me salgo),
y era un pingo como galgo
que sabía correr boliao.
627
Para correr en el campo
no hallaba ningun tropiezo;
los ejercitan en eso,
y los ponen como luz,
de dentrarle a un aveztruz
y boliar bajo el pescuezo.
628
El pampa educa al caballo
como pa un etrevero:
como rayo es de ligero
en cuando el indio lo toca,
y como trompo en la boca
da gueltas sobre un cuero.
629
Lo varea en la madrugada
(jamas falta a este deber),
luego lo enseña a correr
entre fangos y guadales:
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