Cuentos de la selva (Horacio Quiroga) - pág.17
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hombres les hacían burlas tapándose la boca.
-Bueno- dijeron entonces los yacarés, saliendo del agua-. Vamos a
morir todos, porque el buque va a pasar siempre y los pescados no
volverán.
Y estaban tristes, porque los yacarés chiquitos se quejaban de hambre.
El viejo yacaré dijo entonces:
-Todavía tenemos una esperanza de salvarnos. Vamos a ver al Surubí.
Yo hice el viaje con él cuando fui hasta el mar, y tiene un torpedo. El
vio un combate entre dos buques de guerra, y trajo hasta aquí un
torpedo que no reventó. Vamos a pedírselo, y aunque está muy
enojado con nosotros los yacarés, tiene buen corazón y no querrá que
muramos todos.
El hecho es que antes, muchos años antes, los yacarés se habían
comido a un sobrinito del Surubí, y éste no había querido tener más
relaciones con los yacarés. Pero a pesar de todo fueron corriendo a ver
al Surubí, que vivía en una gruta grandísima en la orilla del río Paraná,
y que dormía siempre al lado de su torpedo. Hay surubíes que tienen
hasta dos metros de largo y el dueño del torpedo era uno de éstos.
-¡Eh, Surubí!- gritaron todos los yacarés desde la entrada de la gruta,
sin atreverse a entrar por aquel asunto del sobrinito.
-¿Quién me llama?- contestó el Surubí.
-¡Somos nosotros, los yacarés!
-¡No tengo ni quiero tener relación con ustedes -respondió el Surubí, de
mal humor.
Entonces el viejo yacaré se adelantó un poco en la gruta y dijo:
-¡Soy yo, Surubí! ¡Soy tu amigo el yacaré que hizo contigo el viaje
hasta el mar!
Al oír esa voz conocida, el Surubí salió de la gruta.
-¡Ah, no te había conocido!- le dijo cariñosamente a su viejo amigo-.
¿Qué quieres?
-Venimos a pedirte el torpedo. Hay un buque de guerra que pasa por
nuestro río y espanta a los pescados. Es un buque de guerra, un
acorazado. Hicimos un dique, y lo echó a pique. Hicimos otro y lo echó
también a pique. Los pescados se han ido, y nos moriremos de
hambre. Danos el torpedo, y lo echaremos a pique a él.
El Surubí, al oír esto, pensó un largo rato, y después dijo:
-Está bien; les prestaré el torpedo, aunque me acuerdo siempre de lo
que hicieron con el hijo de mi hermano. ¿Quién sabe hacer reventar el
torpedo?
Ninguno sabía, y todos callaron.
-Está bien-dijo el Surubí, con orgullo-, yo lo haré reventar.
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