Cuentos de Amor de Locura y de Muerte (Horacio Quiroga) - pág.76
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almacén de la casa contratista. Pero en una u otro las muchachas
renovaron el lujo detonante de sus trapos, anidáronse la cabeza de
peinetones, ahorcáronse de cintas-robado todo con perfecta sangre
fría al hidalgo alcohol de su compañero, pues lo único que el mensú
realmente posee, es un desprendimiento brutal de su dinero.
Por su parte Cayé adquirió muchos más extractos y lociones y aceites
de los necesarios para sahumar hasta la náusea su ropa nueva, mientras
Podeley, más juicioso, insistía en un traje de paño. Posiblemente
pagaron muy cara una cuenta entreoída y abonada con un montón de
papeles tirados al mostrador. Pero de todos modos una hora después
lanzaban a un coche descubierto sus flamantes personas, calzados de
botas, poncho al hombro-y revólver 44 en el cinto, desde
luego-repleta la ropa de cigarrillos que deshacían torpemente entre
los dientes, dejando caer de cada bolsillo la punta de un pañuelo.
Acompañábanlos dos muchachas, orgullosas de esa opulencia, cuya
magnitud se acusaba en la expresión un tanto hastiada de los mensú,
arrastrando consigo mañana y tarde por las calles caldeadas, una
infección de tabaco negro y extracto de obraje.
La noche llegaba por fin, y con ella la bailanta, donde las mismas
damiselas avisadas inducían a beber a los mensú, cuya realeza en
dinero de anticipo les hacía lanzar 10 pesos por una botella de
cerveza, para recibir en cambio 1.40, que guardaban sin
ojear siquiera.
Así en constantes derroches de nuevos adelantos-necesidad
irresistible de compensar con siete días de gran señor las miserias
del obraje-el _Silex_ volvió a remontar el río. Cayé llevó compañera,
y ambos, borrachos como los demás peones, se instalaron en el puente,
donde ya diez mulas se hacinaban en íntimo contacto con baúles,
atados, perros, mujeres y hombres.
Al día siguiente, ya despejada las cabezas, Podeley y Cayé examinaron
sus libretas: era la primera vez que lo hacían desde la contrata. Cayé
había recibido 120 en efectivo, y 35 en gasto, y Podeley 130 y 75,
respectivamente.
Ambos se miraron con expresión que pudiera haber sido de espanto, si
un mensú no estuviera perfectamente curado de ese malestar. No
recordaban haber gastado ni la quinta parte.
-¡Añá...!-murmuró Cayé-No voy a cumplir nunca...
Y desde ese momento tuvo sencillamente-como justo castigo de su
despilfarro-la idea de escaparse de allá.
La legitimidad de su vida en Posadas era, sin embargo, tan evidente
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