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Cuentos de Amor de Locura y de Muerte (Horacio Quiroga) - pág.51

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almohadones de pluma.









#EL PERRO RABIOSO#




El 20 de marzo de este año, los vecinos de un pueblo del Chaco
santafecino persiguieron a un hombre rabioso que en pos de descargar
su escopeta contra su mujer, mató de un tiro a un peón que cruzaba
delante de él. Los vecinos, armados, lo rastrearon en el monte como a
una fiera, hallándolo por fin trepado en un árbol, con su escopeta
aún, y aullando de un modo horrible. Viéronse en la necesidad de
matarlo de un tiro.

* * * * *

#Marzo 9-#

Hoy hace treinta y nueve días, hora por hora, que el perro rabioso
entró de noche en nuestro cuarto. Si un recuerdo ha de perdurar en mi
memoria, es el de las dos horas que siguieron a aquel momento.

La casa no tenía puertas sino en la pieza que habitaba mamá, pues como
había dado desde el principio en tener miedo, no hice otra cosa, en
los primeros días de urgente instalación, que aserrar tablas para las
puertas y ventanas de su cuarto. En el nuestro, y a la espera de mayor
desahogo de trabajo, mi mujer se había contentado-verdad que bajo un
poco de presión por mi parte-con magníficas puertas de arpillera.
Como estábamos en verano, este detalle de riguroso ornamento no dañaba
nuestra salud ni nuestro miedo. Por una de estas arpilleras, la que da
al corredor central, fué por donde entró y me mordió el perro rabioso.

Yo no sé si el alarido de un epiléptico da a los demás la sensación de
clamor bestial y fuera de toda humanidad que me produce a mí. Pero
estoy seguro de que el aullido de un perro rabioso, que se obstina de
noche alrededor de nuestra casa, provocará en todos la misma fúnebre
angustia. Es un grito corto, metálico, de agonía, como si el animal
boqueara ya, y todo él empapado en cuanto de lúgubre sugiere un
animal rabioso.

Era un perro negro, grande, con las orejas cortadas. Y para mayor
contrariedad, desde que llegáramos no había hecho más que llover. El
monte cerrado por el agua, las tardes rápidas y tristísimas; apenas
salíamos de casa, mientras la desolación del campo, en un temporal sin
tregua, había ensombrecido al exceso el espíritu de mamá.

Con esto, los perros rabiosos.


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