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Cuentos de Amor de Locura y de Muerte (Horacio Quiroga) - pág.47

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ligeramente fruncido. En seguida se olvidaron, volviendo a la
apatía común.

Al rato otro se desperezó, restregóse los ojos caminando, y se tiró al
agua. Pasó media hora; el sol iba cayendo. Sentí de pronto que me
tocaban en el hombro.

-¿Qué hora es?

-Las cinco-respondí. El viejo marinero me miró desconfiado, con las
manos en los bolsillos, recostándose enfrente de mí. Miró largo rato
mi pantalón, distraído. Al fin se tiró al agua.

Los tres que quedaban se acercaron rápidamente y observaron el
remolino. Se sentaron en la borda, silbando despacio, con la vista
perdida a lo lejos. Uno se bajó y se tendió en el puente, cansado. Los
otros desaparecieron uno tras otro. A las seis, el último se levantó,
se compuso la ropa, apartóse el pelo de la frente, caminó con sueño
aún, y se tiró al agua.

Entonces quedé solo, mirando como un idiota el mar desierto. Todos,
sin saber lo que hacían, se habían arrojado al mar, envueltos en el
sonambulismo moroso que flotaba en el buque. Cuando uno se tiraba al
agua, los otros se volvían momentáneamente preocupados, como si
recordaran algo, para olvidarse en seguida. Así habían desaparecido
todos, y supongo que lo mismo los del día anterior, y los otros y los
de los demás buques. Esto es todo.

Nos quedamos mirando al raro hombre con excesiva curiosidad.

-¿Y usted no sintió nada?-le preguntó mi vecino de camarote.

-Sí, un gran desgano y obstinación de las mismas ideas, pero nada
más. No sé por qué no sentí nada más. Presumo que el motivo es éste:
en vez de agotarme en una defensa angustiosa y a _toda costa_ contra
lo que sentía, como deben de haber hecho todos, y aún los marineros
sin darse cuenta, acepté sencillamente esa muerte hipnótica, como si
estuviese anulado ya. Algo muy semejante ha pasado sin duda a los
centinelas de aquella guardia célebre, que noche a noche se ahorcaban.

Como el comentario era bastante complicado, nadie respondió. Se fué al
rato. El capitán lo siguió un rato de reojo.

-¡Farsante!-murmuró.

-Al contrario-dijo un pasajero enfermo, que iba a morir a su
tierra.-Si fuera farsante no habría dejado de pensar en eso, y se
hubiera tirado al agua.









#EL ALMOHADON DE PLUMA#




Su luna de miel fué un largo escalofrío.


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