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Cuentos de Amor de Locura y de Muerte (Horacio Quiroga) - pág.41

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Pero pasados tres años desearon de nuevo ardientemente otro hijo,
confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado a la
fatalidad.

No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se
exasperaba, en razón de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese
momento cada cual había tomado sobre sí la parte que le correspondía
en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención ante las
cuatro bestias que habían nacido de ellos, echó afuera esa imperiosa
necesidad de culpar a los otros, que es patrimonio específico de los
corazones inferiores.

Iniciáronse con el cambio de pronombres: _tus_ hijos. Y como a más del
insulto había le insidia, la atmósfera se cargaba.

-Me parece-díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se
lavaba las manos-que podrías tener más limpios a los muchachos.

Berta continuó leyendo, como si no hubiera oído.

-Es la primera vez-repuso al rato-que te veo inquietarte por el
estado de tus hijos.

Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada:

-De nuestros hijos, ¿me parece?

-Bueno; de nuestros hijos. ¿Te gusta así?-alzó ella los ojos.

Esta vez Mazzini se expresó claramente:

-¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no?

-¡Ah, no!-se sonrió Berta, muy pálida-¡pero yo tampoco, supongo!...
¡No faltaba más!...-murmuró.

-¿Qué no faltaba más?

-¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es
lo que te quería decir.

Su marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla.

-¡Dejemos!-articuló, secándose por fin las manos.

-Como quieras; pero si quieres decir...

-¡Berta!

-¡Como quieras!

Este fué el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las
inevitables reconciliciones, sus almas se unían con doble arrebato y
locura por otro hijo.

Nació así una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de alma,
esperando siempre otro desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los
padres pusieron en ella toda su complacencia, que la pequeña llevaba a
los más extremos límites del mimo y la mala crianza.

Si aún en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al
nacer Bertita olvidóse casi del todo de los otros. Su solo recuerdo la
horrorizaba, como algo atroz que la hubieran obligado a cometer. A
Mazzini, bien que en menor grado, pasábale lo mismo.


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