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Cuentos de Amor de Locura y de Muerte (Horacio Quiroga) - pág.37

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Al fin nos pareció peligroso el mutuo sonambulismo en su casa, por
fugaz que fuera, y decidimos crear nuestro paraíso. Ninguno mejor que
mi propia casa, de la que nada había tocado, y a la que no había
vuelto más. Se llevaron anchos y bajos divanes a la sala; y allí, en
el mismo silencio y la misma suntuosidad fúnebre que había incubado la
muerte de mis hijos; en la profunda quietud de la sala, con lámpara
encendida a la una de la tarde; bajo la atmósfera pesada de perfumes,
vivimos horas y horas nuestro fraternal y taciturno idilio, yo tendido
inmóvil con los ojos abiertos, pálido como la muerte; ella echada
sobre el diván, manteniendo bajo las narices, con su mano helada, el
frasco de Jicky.

Porque no había en nosotros el menor rastro de deseo-¡y cuán hermosa
estaba con sus profundas ojeras, su peinado descompuesto, y, el
ardiente lujo de su falda inmaculada!

Durante tres meses consecutivos raras veces faltó, sin llegar yo jamás
a explicarme qué combinaciones de visitas, casamientos y garden party
debió hacer para no ser sospechada. En aquellas raras ocasiones
llegaba al día siguiente ansiosa, entraba sin mirarme, tiraba su
sombrero con un ademán brusco, para tenderse en seguida, la cabeza
echada atrás y los ojos entornados, al sonambulismo de su Jicky.

Abrevio: una tarde, y por una de esas reacciones inexplicables con que
los organismos envenenados lanzan en explosión sus reservas de
defensa-los morfinómanos las conocen bien!-sentí todo el profundo
goce que había, no en mi cocaína, sino en aquel cuerpo de diez y ocho
años, admirablemente hecho para ser deseado. Esa tarde, como nunca, su
belleza surgía pálida y sensual, de la suntuosa quietud de la sala
iluminada. Tan brusca fué la sacudida, que me hallé sentado en el
diván, mirándola. ¡Diez y ocho años... y con esa hermosura!

Ella me vió llegar sin hacer un movimiento, y al inclinarme me miró
con fría extrañeza.

-Sí...-murmuré.

-No, no...-repuso ella con la voz blanca, esquivando la boca en
pesados movimiento de su cabellera.

Al fin, al fin echó la cabeza atrás y cedió cerrando los ojos.

¡Ah! ¡Para qué haber resucitado un instante, si mi potencia viril, si
mi orgullo de varón no revivía más! ¡Estaba muerto para siempre,
ahogado, disuelto en el mar de cocaína! Caí a su lado, sentado en el


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