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Cuentos de Amor de Locura y de Muerte (Horacio Quiroga) - pág.36

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entregué atado de pies y manos para la curación.

Allí, bajo el imperio de una voluntad ajena, vigilado constantemente
para que no pudiera procurarme el veneno, llegaría forzosamente a
descocainizarme.

¿Sabe usted lo que pasó? Que yo, conjuntamente con el heroísmo para
entregarme a la tortura, llevaba bien escondido en el bolsillo un
frasquito con cocaína... Ahora calcule usted lo que es pasión.

Durante un año entero, después de ese fracaso, proseguí inyectándome.
Un largo viaje emprendido dióme no sé qué misteriosas fuerzas de
reacción, y me enamoré entonces.

La voz calló. El sepulturero, que escuchaba con la babeante sonrisa
fija siempre en su cara, acercó su ojo y creyó notar un velo
ligeramente opaco y vidrioso en los de su interlocutor. El cutis, a su
vez, se resquebrajaba visiblemente.

-Sí,-prosiguió la voz,-es el principio... Concluiré de una vez. A
usted, un colega, le debo toda esta historia.

Los padres hicieron cuanto es posible para resistir: ¡un morfinómano,
o cosa así! Para la fatalidad mía, de ella, de todos, había puesto en
mi camino a una supernerviosa. ¡Oh, admirablemente bella! No tenía
sino diez y ocho años. El lujo era para ella lo que el cristal tallado
para una esencia: su envase natural.

La primera vez que, habiéndome yo olvidado de darme una nueva
inyección antes de entrar, me vió decaer bruscamente en su presencia,
idiotizarme, arrugarme, fijó en mí sus ojos inmensamente grandes,
bellos y espantados. ¡Curiosamente espantados! Me vió, pálida y sin
moverse, darme la inyección. No cesó un instante en el resto de la
noche de mirarme. Y tras aquellos ojos dilatados que me habían visto
así, yo veía a mi vez la tara neurótica, al tío internado, y a su
hermano menor epiléptico...

Al día siguiente la hallé respirando Jicky, su perfume favorito; había
leído en veinticuatro horas cuanto es posible sobre hipnóticos.

Ahora bien: basta que dos personas sorban los deleites de la vida de
un modo anormal, para que se comprendan tanto más íntimamente, cuanto
más extraña es la obtención del goce. Se unirán en seguida, excluyendo
toda otra pasión, para aislarse en la dicha alucinada de un paraíso
artificial.

En veinte días, aquel encanto de cuerpo, belleza, juventud y
elegancia, quedó suspenso del aliento embriagador de los perfumes.
Comenzó a vivir, como yo con la cocaína, en el cielo delirante de
su Jicky


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