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Cuentos de Amor de Locura y de Muerte (Horacio Quiroga) - pág.35

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Sume usted: 18, 24, 9. En 51 horas, poco más de dos días, nuestra casa
quedó perfectamente silenciosa, pues no había nada que hacer. Mi mujer
estaba en su cuarto, y yo me paseaba al lado. Fuera de eso nada, ni un
ruido. Y dos días antes teníamos tres hijos...

Bueno. Mi mujer pasó cuatro días arañando la sábana, con un ataque
cerebral, y yo acudí a la morfina.

-Deje eso-me dijo el médico,-no es para usted.

-¿Qué, entonces?-le respondí. Y señalé el fúnebre lujo de mi casa
que continuaba encendiendo lentamente catástrofes, como rubíes.

El hombre se compadeció.

-Prueba sulfonal, cualquier cosa... Pero sus nervios no darán.

Sulfonal, brional, estramonio...¡bah! ¡Ah, la cocaína! Cuánto de
infinito va de la dicha desparramada en cenizas al pie de cada cama
vacía, al radiante rescate de esa misma felicidad quemada, cabe en una
sola gota de cocaína! Asombro de haber sufrido un dolor inmenso,
momentos antes; súbita y llana confianza en la vida, ahora;
instantáneo rebrote de ilusiones que acercan el porvenir a diez
centímetros del alma abierta, todo esto se precipita en las venas por
entre la aguja de platino. ¡Y su cloroformo!... Mi mujer murió.
Durante dos años gasté en cocaína muchísimo más de lo que usted puede
imaginarse. ¿Sabe usted algo de tolerancias? Cinco centigramos de
morfina acaban fatalmente con un individuo robusto. Quincey llegó a
tomar durante quince años dos gramos por día; vale decir, cuarenta
veces más que la dosis mortal.

Pero eso se paga. En mí, la verdad de las cosas lúgubres, contenida,
emborrachada día tras día, comenzó a vengarse, y ya no tuve más
nervios retorcidos que echar por delante a las horribles alucinaciones
que me asediaban. Hice entonces esfuerzos inauditos para arrojar fuera
el demonio, sin resultado. Por tres veces resistí un mes a la cocaína,
un mes entero. Y caía otra vez. Y usted no sabe, pero sabrá un día,
qué sufrimiento, qué angustia, qué sudor de agonía se siente cuando se
pretende suprimir un solo día la droga!

Al fin, envenenado hasta lo más íntimo de mi ser, preñado de torturas
y fantasmas, convertido en un tembloroso despojo humano; sin sangre,
sin vida-miseria a que la cocaína prestaba diez veces por día
radiante disfraz, para hundirme en seguida en un estupor cada vez más
hondo, al fin un resto de dignidad me lanzó a un sanatorio, me


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