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Cuentos de Amor de Locura y de Muerte (Horacio Quiroga) - pág.34

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una gota!... Sí, es por la cocaína... ¿Y usted? Yo conozco ese olor...
¿cloroformo?

-Sí-repuso el sepulturero avergonzado de la mezquindad de su paraíso
artificial. Y agregó en voz baja:-El cloroformo también... Me
mataría antes que dejarlo.

La voz sonó un poco burlona.

-¡Matarse! Y concluiría seguramente; sería lo que cualquiera de esos
vecinos míos... Se pudriría en tres horas, usted y sus deseos.

-Es cierto;-pensó el sepulturero-acabarían conmigo. Pero el otro no
se había rendido. Ardía aún después de ocho años aquella pasión que
había resistido a la falta misma del vaso de deleite; que ultrapasaba
la muerte capital del organismo que la creó, la sostuvo, y no fué
capaz de aniquilarla consigo; que sobrevivía monstruosamente de sí
misma, transmutando el ansia causal en supremo goce final,
manteniéndose ante la eternidad en una rugosidad del viejo cráneo.

La voz cálida y arrastrada de voluptuosidad sonaba aún burlona.

-Usted se mataría... ¡Linda cosa! Yo también me maté... ¡Ah, le
interesa! ¿verdad? Pero somos de distinta pasta... Sin embargo,
traiga su cloroformo, respire un poco más y óigame. Apreciará entonces
lo que va de su droga a la cocaína. Vaya.

El sepulturero volvió, y echándose de pecho en el suelo, apoyado en
los codos y el frasco bajo las narices, esperó.

-¡Su cloro! No es mucho, que digamos. Y aún morfina... ¿Usted conoce
el amor por los perfumes? ¿No? ¿Y el Jicky de Guerlain? Oiga,
entonces. A los treinta años me casé, y tuve tres hijos. Con fortuna,
una mujer adorable y tres criaturas sanas, era perfectamente feliz.
Sin embargo, nuestra casa era demasiado grande para nosotros. Usted ha
visto. Usted no... en fin... ha visto que las salas lujosamente
puestas parecen más solitarias e inútiles. Sobre todo solitarias. Todo
nuestro palacio vivía así en silencio su estéril y fúnebre lujo.

Un día, en menos de diez y ocho horas, nuestro hijo mayor nos dejó por
seguir tras la difteria. A la tarde siguiente el segundo se fué con su
hermano, y mi mujer se echó desesperada sobre lo único que nos
quedaba: nuestra hija de cuatro meses. ¿Qué nos importaba la difteria,
el contagio y todo lo demás? A pesar de la orden del médico, la madre
dió de mamar a la criatura, y al rato la pequeña se retorcía convulsa,
para morir ocho horas después, envenenada por la leche de la madre.


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