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Cuentos de Amor de Locura y de Muerte (Horacio Quiroga) - pág.33

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pasan cosas singulares.

Es así como la fantasía de su paso ha llevado al sepulturero hasta una
tumba abierta en que esa tarde ha habido remoción de huesos-inconclusa
por falta de tiempo. Un ataúd ha quedado abierto tras la verja, y a su
lado, sobre la arena, el esqueleto del hombre que estuvo encerrado en
él.

... ¿Ha oído algo, en verdad? Nuestro conocido descorre el cerrojo,
entra, y luego de girar suspenso alrededor del hombre de hueso, se
arrodilla y junta sus ojos a las órbitas de la calavera.

Allí, en el fondo, un poco más arriba de la base del cráneo, sostenido
como en un pretil en una rugosidad del occipital, está acurrucado un
hombrecillo tiritante, amarillo, el rostro cruzado de arrugas. Tiene
la boca amoratada, los ojos profundamente hundidos, y la mirada
enloquecida de ansia.

Es todo cuanto queda de un cocainómano.

-¡Cocaína! ¡Por favor, un poco de cocaína!

El sepulturero, sereno, sabe bien que él mismo llegaría a disolver con
la saliva el vidrio de su frasco, para alcanzar el cloroformo
prohibido. Es, pues, su deber ayudar al hombrecillo tiritante.

Sale y vuelve con la jeringuilla llena, que el botiquín del cementerio
le ha proporcionado. ¿Pero cómo, al hombrecillo diminuto?...

-¡Por las fisuras craneanas!... ¡Pronto!

¡Cierto! ¿Cómo no se le había ocurrido a él? Y el sepulturero, de
rodillas, inyecta en las fisuras el contenido entero de la
jeringuilla, que filtra y desaparece entre las grietas.

Pero seguramente algo ha llegado hasta la fisura a que el hombrecillo
se adhiere desesperadamente. Después de ocho años de abstinencia, ¿qué
molécula de cocaína no enciende un delirio de fuerza, juventud, belleza?

El sepulturero fijó sus ojos a la órbita de la calavera, y no
reconoció al hombrecillo moribundo. En el cutis, firme y terso, no
había el menor rastro de arruga. Los labios, rojos y vitales, se
entremordían con perezosa voluptuosidad que no tendría explicación
viril, si los hipnóticos no fueran casi todos femeninos; y los ojos,
sobre todo, antes vidriosos y apagados, brillaban ahora con tal pasión
que el sepulturero tuvo un impulso de envidiosa sorpresa.

-Y eso, así... ¿la cocaína?-murmuró.

La voz de adentro sonó con inefable encanto.

-¡Ah! ¡Preciso es saber lo que son ocho años de agonía! ¡Ocho años,
desesperado, helado, prendido a la eternidad por la sola esperanza de


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